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Gerardo Ledezma

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Justicia por propia mano: un acto que divide a la sociedad. Aunque ya hay corrido

El caso de Carlota N., la mujer de 74 años que presuntamente disparó contra dos hombres en Chalco, Estado de México, ha desatado un intenso debate en redes sociales y medios de comunicación. Mientras las autoridades investigan si los fallecidos eran inquilinos legítimos o invasores de propiedad, el suceso ha polarizado a la opinión pública entre quienes ven en su acción un acto de legítima defensa y quienes lo consideran un homicidio injustificable.

Lo preocupante no es solo el hecho violento en sí, sino la rápida glorificación del mismo. Que una persona de la tercera edad haya recurrido a las armas y que esto sea celebrado con un corrido –género que tradicionalmente romantiza la violencia– refleja una peligrosa normalización de la justicia por propia mano. La canción, que ya circula en plataformas digitales con la imagen de Carlota empuñando un arma, reduce un conflicto legal complejo a una narrativa simplista de “buenos y malos”.

Más allá de los detalles del caso –que la Fiscalía del Estado de México deberá esclarecer–, este incidente pone en evidencia dos problemas profundos de nuestra sociedad: por un lado, la desconfianza generalizada en las instituciones de justicia, que lleva a algunos ciudadanos a tomar la ley en sus propias manos; por otro, la tendencia a convertir hechos delictivos en espectáculo mediático, donde la viralización sustituye al análisis serio.

Es comprensible la indignación ante los abusos de supuestos invasores de propiedades, fenómeno real en varias zonas del país. Sin embargo, ninguna sociedad puede permitir que la violencia se convierta en moneda corriente para resolver conflictos. La rápida popularización de este caso, con su consecuente folclorización a través del corrido, solo contribuye a enraizar la idea de que los ciudadanos deben armarse y actuar por cuenta propia.

Las autoridades tienen la obligación de investigar a fondo lo ocurrido en Chalco, pero también de enviar un mensaje claro: ni la edad ni la indignación justifican el homicidio. Mientras tanto, como sociedad debemos reflexionar sobre el peligro de celebrar actos violentos, por más comprensibles que parezcan en un primer momento. La justicia no puede depender de quién tenga mejor puntería o mayor apoyo en redes sociales.