
Impunidad oficial, recaudación ejemplar y diplomacia de cantina
No, no es mentira. En México la tragedia no mancha expedientes, los engrosa. El caso de Francisco Garduño es la confirmación de una lógica perversa que ya ni siquiera se disfraza: donde hubo muertos, hay premios; donde hubo omisiones, hay nuevos encargos. A casi dos años del incendio en la estación migratoria de Ciudad Juárez, donde 40 personas murieron bajo custodia del Estado, el funcionario vinculado a ese aparato no enfrenta una condena política, sino un reciclaje institucional. Aquí el fuego no consume carreras públicas, las recalienta.
El mensaje es brutal en su claridad. No se castiga la negligencia, se le administra. No se exige responsabilidad, se reubica. Mientras el proceso judicial sigue abierto y las víctimas siguen esperando justicia, el Estado manda una señal inequívoca: fallar no tiene consecuencias reales. La indignación de organizaciones civiles no es exageración, es una reacción mínima ante una burla de tamaño oficial.
Luego está el otro México, el que sí sabe ser puntual, meticuloso y firme cuando se trata de cobrar. El Servicio de Administración Tributaria decidió hacer historia fiscal y, por primera vez, impondrá impuestos a los futbolistas que participen en un Mundial organizado en territorio nacional. Resolución miscelánea, capítulos especiales, tasa del 25 por ciento, sin deducciones y con fecha límite clara. Para eso sí hay estructura, calendario y voluntad.
Los millones que se repartirán en premios mundialistas no escaparán al radar del SAT. Jugadores, federaciones y hasta voluntarios entran en la lógica recaudatoria. Aquí no hay opacidad ni duda jurídica: el dinero que pisa México, tributa en México. Qué alivio saber que la soberanía fiscal funciona a la perfección, aunque sea con shorts, botas y balones de por medio.
La comparación es inevitable y vergonzosa. Para cobrar impuestos hay reglas inflexibles; para cobrar vidas perdidas, silencio administrativo. Se persigue el ingreso con rigor, pero la responsabilidad política sigue exenta. El Estado demuestra que sí puede ser eficaz, sólo que elige cuándo y con quién.
Y como si el panorama no fuera lo suficientemente agrio, el cierre llega con un trago amargo importado de Francia. Donald Trump amenaza con imponer aranceles del 200 por ciento al vino y al champán franceses, como si la diplomacia internacional se resolviera entre brindis forzados y desplantes personales. Macron, dice Trump, no es necesario y se irá pronto.



