
Entre uniformes manchados, sotanas bajo fuego y una soberanía a conveniencia
Hay vergüenzas que en México ya ni incomodan. Quienes juraron ser “diferentes” terminaron repitiendo el mismo libreto, e incluso perfeccionándolo. Hoy la mancha alcanza a la Armada de México, señalada por un robo histórico al país a través del huachicol: redes internas bien aceitaditas y la ya conocida protección desde arriba. Nada nuevo: los de abajo caen y los de arriba “no sabían”. La promesa de limpiar la casa se quedó en consigna, porque el clóset sigue lleno… y con uniforme. Para confirmar que en este país la justicia mide jerarquías, un juez concedió suspensión definitiva al contralmirante Fernando Farías Laguna, señalado por la Fiscalía General de la República por delincuencia organizada con fines de cometer delitos en materia de hidrocarburos, mejor conocido como huachicol fiscal. No es “absolución”, dirán los tecnicismos legales, pero el mensaje es claro: cuando el rango pesa, la justicia camina con pies de plomo y la impunidad sigue siendo la constante.
Del cinismo pasamos a la solemnidad obligada. La curia decidió contar a sus muertos y las cifras incomodan a cualquiera que presuma pacificación. Trece sacerdotes asesinados durante los gobiernos de la 4T, con una violencia que no cede y una impunidad que ronda el 80 por ciento. No son números fríos: son líderes comunitarios, defensores de derechos humanos, voces incómodas que terminaron silenciadas. A ellos se suman decenas de laicos vinculados a actividades parroquiales, particularmente en estados donde la violencia manda más que la autoridad. La comparación con otros sexenios podrá hacerse, pero el hecho es uno: matar sacerdotes en México sigue siendo barato y casi sin consecuencias.
Y mientras la realidad rebasa los discursos, desde Palacio Nacional se insiste en capotear la presión internacional. La presidenta asegura que no hay ni habrá operaciones conjuntas con Estados Unidos en territorio mexicano, en nombre de la soberanía. Del otro lado de la frontera, en cambio, juran que el mayor traficante canadiense fue detenido en México por el FBI; aquí se sostiene que se entregó voluntariamente en una embajada. Dos versiones, una sola constante: la narrativa oficial resiste, aunque los hechos la contradigan. Porque en este país, negar también se ha vuelto una forma de gobernar.



