viernes, 30 enero 2026
17 C
Monterrey

Gerson Gómez

Últimas Noticias

Retrato del artista onírico convertido en funambulista social

Nacido en el Barrio Antiguo de Monterrey Nuevo León, un helado febrero de 1968, David Gerstein representa toda tendencia sobre el arte plasmado con el uso de mosaicos. Trabamos conversación a la distancia. Arrebolados entre la complicidad, la habilidad del pensamiento y la multiplicidad de saberes.

¿Cómo ha sido la formación iniciática en la vida de David Gerstein? ¿A partir de qué sorpresas y movimientos te acercas al arte?

Mi primer acercamiento al arte fue completamente intuitivo. De niño hacía volcanes de lodo en el patio de mi casa y encendía fuego dentro de ellos. Me sorprendía profundamente ver cómo el calor transformaba la tierra blanda en algo duro, sólido, que permanecía en el tiempo. Esa transformación era casi mágica para mí.

Con el tiempo, el patio se llenó de volcanes y pequeñas figuras de barro. Sin saberlo, ahí comenzó todo. Desde entonces no he dejado de crear; ese fue, sin duda, mi primer gesto artístico y el inicio de una relación muy profunda con la materia.

¿Qué tan fundamentales han sido los contextos sociales y los cambios de vida en la construcción de tu lenguaje escultórico y en tu trabajo con mosaico?

Han sido fundamentales. Vivir en distintas ciudades y convivir con diferentes culturas fue moldeando mi mirada. Cada lugar dejó una huella en mi manera de entender la forma, el espacio y el símbolo.

Mi afinidad por el arte orgánico, lo surreal y lo figurativo se fue integrando de manera natural. El resultado es un lenguaje propio que no responde a una sola tradición, sino a un recorrido vital en constante transformación.

¿A quién consideras fundamental en tu desarrollo e inspiración, entendiendo que compartimos una herencia común del pensamiento humano?

Sin duda, mis padres fueron esenciales. Ellos abrieron la ventana al arte desde muy temprano: los libros en casa, los cuadros en las paredes, los museos y los viajes formaron mi sensibilidad de manera natural.

Más adelante, hubo una etapa decisiva: trabajé durante cuatro años en un barco administrando subastas de arte. Ese periodo fue una escuela intensa; me permitió entender el arte desde otra perspectiva, observar obras, autores y dinámicas del mercado, y consolidar mi mirada como creador.

¿Cuál es tu postura frente al sincretismo entre el arte bizantino, la herencia griega y la mexicanidad?

No creo que México proponga una secularización del pensamiento griego; más bien, creo que genera encuentros. El sincretismo entre el arte bizantino y la mexicanidad se da de manera natural, como sucede en uno de mis mosaicos dedicados a la deidad zapoteca Pitao Cocijo: una imagen profundamente mexicana realizada con técnica y andamiento romano-bizantino.

En mi trabajo hay mucho de eso: imágenes contemporáneas construidas con materiales y técnicas ancestrales. Para mí, ahí reside una gran belleza: en ese diálogo entre tiempos, culturas y memorias.

¿El arte que propones está dirigido a élites, a lo popular, a museos o al espacio público? ¿Hacia dónde debe conducir tu obra?

El arte que propongo no pertenece a un solo lugar ni a una sola clase social. Está en una pequeña comunidad pesquera de la costa oaxaqueña llamada Chacahua, donde intervengo un rompeolas hecho de enormes rocas con figuras de mosaico.

Está también en las avenidas de Monterrey como arte público.

Está en el desierto. Está en los muros de residencias.