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Gerardo Ledezma

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Imperios de broma, favores caros y huidas a tiempo

Arrancamos la semana con un personaje que no conoce el matiz. Trump vuelve a hablar como si el mapa del mundo fuera un tablero de Monopoly: Canadá como estado 51, Groenlandia como el 52 y, ya entrados en calor, Venezuela como el 53. Lo dijo en tono de broma, dicen. Pero en política internacional las “bromas” de un presidente estadounidense siempre traen filo. No es chiste cuando el que habla es el mismo que ya demostró que su política exterior se mueve entre la presión, la amenaza y el capricho. El mensaje es claro: el mundo es negociable… y el que no se alinea, estorba.

En casa, la presidenta —con A— insiste en mantener el respaldo a Cuba, ahora bajo el argumento de la ayuda humanitaria y las “vías diplomáticas” para seguir enviando petróleo. Noble discurso, pero la pregunta incómoda sigue ahí: ¿de verdad México puede darse el lujo de desafiar abiertamente las señales que vienen del norte cuando estamos a punto de renegociar acuerdos comerciales, aranceles y condiciones económicas clave? La política exterior no se hace con nostalgia ideológica, se hace con cálculo frío. Y hoy el cálculo parece más emocional que estratégico.

En el terreno empresarial, Ricardo Salinas Pliego por fin paga lo que debía al SAT tras más de dos décadas de litigios. Treinta y dos mil millones de pesos después, el magnate ahora se presenta como ejemplo de cumplimiento. Celebrar que alguien pague impuestos luego de resistirse 20 años no es una buena señal de Estado de derecho; es, en todo caso, la confirmación de que en México algunos pueden estirar la liga hasta que ya no da más. No es victoria fiscal: es un recordatorio de lo lento que camina la justicia cuando se trata de grandes fortunas.

Y en el tablero político interno, la salida de Adán Augusto de la coordinación de Morena en el Senado se vende como “nueva etapa”, pero huele más a movimiento preventivo. Las versiones, los señalamientos y las sombras no se disipan con un relevo administrativo. El oficialismo lo acomoda, lo reubica, lo mueve del reflector, quizá para comprar tiempo. En este país, cuando alguien “da un paso al costado”, casi nunca es por convicción: es porque el costo político empieza a ser mayor que la protección interna.