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Gerardo Ledezma

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De bolear zapatos a proteger criminales: el retrato del México oficial

México no deja de regalarnos postales del absurdo. Cuando uno cree haber visto todo en la tragicomedia del poder, aparece una escena que parece sacada de una parodia, pero no: es la realidad en su versión más grotesca. El ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar, llegando al Teatro de la República para conmemorar el 109 aniversario de la Constitución, no tuvo mejor idea que permitir que dos de sus colaboradores se arrodillaran literalmente para bolearle los zapatos en público, frente a funcionarios, invitados y cámaras.

El detalle no es menor. No fue en un pasillo vacío ni en un descuido privado: fue en un acto solemne, en el recinto que simboliza la legalidad y la vida constitucional del país. El mensaje es brutal: mientras el discurso oficial habla de austeridad, cercanía con el pueblo y ruptura con los viejos privilegios, en los hechos seguimos viendo escenas de servilismo que recuerdan al México del virreinato, no al de la República.

Después vino, como siempre, la justificación. Que si fue un accidente con café, que si “no se dio cuenta”, que si pidió que dejaran de hacerlo. La cantaleta de siempre. La explicación no borra la imagen ni el símbolo: un alto funcionario cómodo mientras su personal se agacha ante él. Aunque haya durado segundos, el gesto dice más que cualquier comunicado de X.

Lo verdaderamente indignante del episodio no es solo la escena de sumisión, sino la contradicción que encarna. Se trata de un ministro que presume su origen indígena, una raíz históricamente marcada por la exclusión, la humillación y el trato desigual. Y hoy aparece en el extremo opuesto: convertido en parte de una élite que reproduce los mismos vicios del poder que durante décadas se dijo combatir. No es el origen lo que está en juicio, es la metamorfosis que provoca el cargo. Cuando alguien que viene de abajo termina comportándose como los de arriba, el golpe simbólico es doble: se traiciona a sí mismo y a la historia que dice representar.

Y mientras el país se indigna por escenas de soberbia cortesana, el gobierno federal sigue jugando a la política exterior como si no hubiera consecuencias. México evalúa cómo seguir enviando combustible a Cuba sin “enojar” a Estados Unidos, en medio de amenazas de aranceles de Donald Trump. Otra vez la diplomacia de la simulación: quedar bien con todos, aunque eso signifique caminar al filo de una crisis comercial. Aquí tampoco hay claridad, solo malabares políticos y discursos de soberanía que se desinflan en cuanto aparece la presión del vecino del norte.

Por si fuera poco, la realidad criminal vuelve a recordarnos quién manda en muchas regiones del país. La detención del alcalde de Tequila, Jalisco, por presuntos vínculos con el CJNG, en el marco de la Operación Enjambre, no es una anécdota aislada: es el retrato de un sistema donde el poder municipal, en demasiados casos, ha sido capturado por el crimen organizado. Presidentes municipales que extorsionan, protegen o pactan con cárteles mientras el discurso oficial presume “transformaciones” y “nuevas etapas” en la vida pública.

El resultado es un coctel amargo: ministros que se dejan bolear los zapatos en público, funcionarios que juegan a la geopolítica con combustible ajeno y alcaldes que terminan detenidos por presuntos vínculos con el narco. Todo en el mismo país, todo en el mismo momento histórico, todo bajo la narrativa de que “ya no somos como antes”.

La realidad es más cínica: cambiaron los personajes, pero no las prácticas. El poder sigue mareando, la soberbia sigue apareciendo y la corrupción sigue encontrando espacios para colarse. Y mientras no haya consecuencias reales, México seguirá viendo estas escenas como parte del paisaje: un país donde los discursos prometen dignidad, pero los actos siguen oliendo a viejo régimen. O mejor dicho “a una mierda” que sigue haciendo de las suyas, con total cinismo.