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Gerardo Ledezma

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Del Super Bowl al narco-municipio: la hipocresía del escándalo

Mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se rasga las vestiduras porque Bad Bunny cantó en español en el medio tiempo del Super Bowl, en este lado del río Bravo la realidad se cae a pedazos sin música de fondo. Al inquilino de la Casa Blanca le pareció una “afrenta a la grandeza de Estados Unidos” que un puertorriqueño hiciera bailar a millones en un espectáculo global. No entendió la letra, dice. Tampoco entiende, al parecer, que el mundo no gira alrededor de su algoritmo ni que la cultura popular ya no pide visa para cruzar fronteras.

Trump se indignó porque “nadie entiende lo que dice este tipo”. Lo curioso es que millones de personas sí entienden el lenguaje universal del ritmo, la identidad y el orgullo cultural. Pero al presidente le molesta que el Super Bowl ya no sea un mitin político disfrazado de evento deportivo, sino una vitrina del mundo real: diverso, ruidoso, incómodo para quienes todavía creen que la grandeza se mide en muros, slogans y fondos de campaña.

Aquí, mientras tanto, no tenemos medio tiempo musical que nos distraiga de nuestro propio espectáculo: alcaldes detenidos con expedientes más largos que sus informes de gobierno y ayuntamientos convertidos en sucursales del crimen organizado. En México no hay halftime show: hay función continua de corrupción, extorsión y complicidades. Y el boleto lo paga el ciudadano todos los días.

La lista de ediles señalados, investigados o encarcelados ya parece álbum Panini del desastre institucional. Presidentes municipales capturados con todo y directores de Seguridad, Catastro y Obras Públicas; otros vinculados con cárteles; algunos prófugos, otros recapturados, varios premiados con el cinismo de la impunidad. Y aún así, el discurso oficial insiste en que “son casos aislados”, como si la podredumbre se hubiera puesto de acuerdo para aparecer por turnos y no todos juntos.

Retomo: Lo irónico es que Trump presume récords financieros y una maquinaria electoral aceitada mientras se escandaliza por un baile “asqueroso”, y aquí vemos cómo el dinero sucio baila en los pasillos de los palacios municipales sin que nadie le apague la música. Allá se indignan por la coreografía; acá deberíamos indignarnos porque hay alcaldes que mueven el presupuesto, el predial y la seguridad pública al ritmo del crimen, porque lo que va del mandato de la president…con A al menos 13 ediles han sido señalados y puestos a disposición de la autoridad, todos por cierto, hasta la madre de piojos y no precisamente en la cabeza.

El verdadero espectáculo grotesco no fue el show de medio tiempo, sino la indignación selectiva. Se grita por una canción en español, pero se guarda silencio ante sistemas políticos que permiten que un alcalde negocie con criminales como si fueran proveedores del ayuntamiento. En Estados Unidos se debate si el baile es “apto para niños”; en México habría que debatir si nuestros gobiernos son aptos para un país que dice querer vivir en paz.

Al final, Trump seguirá gobernando entre tuits y discursos grandilocuentes; Bad Bunny seguirá llenando estadios y playlists; y nosotros seguiremos atrapados entre el reality show de la política y la tragedia cotidiana de la inseguridad. El problema no es no entender la letra de una canción: el problema es que ya entendimos perfectamente la letra de este país, y suena a corrupción, impunidad y cinismo… con o sin música de fondo.

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