
Ni venganza ni perdón: cuando el lodo empieza a hablar
Hay libros que se escriben para explicar el poder y otros que se publican cuando el poder ya no alcanza para tapar la alcantarilla. El nuevo texto de Julio Scherer Ibarra promete no ser una vensa personal, aunque el aroma que desprende es el de la cloaca que por años se barrió debajo de la alfombra del obradorismo. La narrativa no es la de un observador externo, sino la de alguien que estuvo sentado en la mesa donde se tomaban decisiones y donde, según su propio testimonio, el silencio era la moneda de cambio para no caer en desgracia.
Lo que retrata Scherer no es precisamente una administración de técnicos brillantes discutiendo políticas públicas, sino un gabinete donde muchos preferían murmurar en pasillos antes que incomodar al presidente. En ese ambiente, la lealtad parecía pesar más que la capacidad y el debate se reducía a asentir. Los llamados “puros”, descritos como incorruptibles por definición, se presentaban como la reserva moral del proyecto, aunque en los hechos, según el propio autor, eran quienes empujaban decisiones que poco tenían que ver con la modernidad o el desarrollo productivo.
El libro dibuja un poder informal que se movía en las sombras de la formalidad institucional. Se habla de tarjetas informativas que alteraban decisiones en cuestión de minutos, de mañaneras que se convertían en tribunales públicos y de funcionarios que se enteraban de los cambios de línea al mismo tiempo que el resto del país. La política pública, bajo ese esquema, parecía más un acto de improvisación que un ejercicio de Estado.
En esa lógica, el miedo se convirtió en un mecanismo de control. El terror a aparecer exhibido en la conferencia matutina funcionaba como recordatorio de quién tenía la última palabra. Empresarios pasaban de interlocutores a villanos en un par de frases lanzadas al micrófono, y después tocaba a otros apagar el incendio con llamadas de disculpa. Una coreografía absurda: primero el golpe, luego el intento de remiendo.
El retrato que deja Scherer es el de un gobierno donde la confianza personal valía más que la estructura institucional. Encargos en lugar de cargos, decisiones tomadas por afinidad y no por competencia, proyectos que nacían como obsesiones presidenciales y se atoraban en el laberinto burocrático que nadie se atrevía a cuestionar de frente. La política pública convertida en ocurrencia, administrada por lealtades y corregida sobre la marcha.
Del otro lado, la respuesta no sorprende. Las acusaciones son desestimadas como parte de una campaña de calumnias, un ataque político, un linchamiento mediático. El discurso se repliega en la épica del sacrificio por el pueblo, en la narrativa de que toda crítica es una afrenta al movimiento. La misma lógica que durante años blindó al poder de la autocrítica ahora se activa para desacreditar a quien se atreve a contar cómo se cocinaban las decisiones.
Al final, el libro no viene a revelar secretos que no se intuían, sino a ponerles nombre propio. La pregunta no es si lo que se cuenta es nuevo, sino por qué tuvo que pasar el sexenio para que saliera a flote. Quizá no sea venganza ni perdón, pero sí el recordatorio incómodo de que el poder, cuando se ejerce desde la lealtad ciega, termina generando más mugre que transformación.
Por cierto, ayer mismo empezó a circular este libro a través de las redes sociales.nSe acusa directamente al vocero de la presidencia en tiempos de López Obrador , Jesús Ramírez Cuevas. El cuál salió de inmediato a rechazar cualquier acusación. Veremos que pasa. Pero el libro trae mucho tela de donde cortar.



