
La política entre el retrovisor, las redes y las culpas heredadas que llegan desde Madrid
Otra vez la semana termina con el mismo libreto de siempre: cuando las cosas se descomponen, cuando los números no cuadran o cuando la realidad estorba al discurso, el comodín vuelve a la mesa. El pasado reaparece como culpable universal, aunque los problemas sean del presente. La receta no falla: alguien gobierna hoy, pero la responsabilidad siempre es de ayer (Felipe Calderón) . Y así, entre discursos reciclados y excusas de cajón, los contagios avanzan, las carencias se acumulan y la política se vuelve un concurso de a ver quién se quita antes la culpa de encima (López Obrador) . Del otro lado, los panistas sacan las cuentas que no se quieren oír: millones presupuestados para vacunas que no se ejercieron, cifras que no son retórica sino papeles oficiales, y una pregunta incómoda que flota en el aire cuando los niños enferman por falta de prevención. No es ideología, es aritmética básica: el dinero estaba, la aplicación no y eso viene del sexenio morenista.
En ese ruido nacional, la política local sigue su propio ritmo, más pegada a la percepción que al debate de fondo. Ahí es donde Mariana Rodríguez esposa del “Gober” vuelve a colocarse como el rostro que mejor entiende el pulso del entorno digital. Todavía no hay contienda formal, todavía no hay boletas ni campañas reconocidas, pero los motores ya están calientes y la conversación no espera calendarios oficiales. La visibilidad no garantiza triunfos, pero sí coloca a quien la tiene en el centro de la escena cotidiana, ahí donde se forman impresiones, simpatías y rechazos antes de que existan los eslóganes de campaña. La política de hoy se juega también en el terreno de la atención, en la constancia del mensaje y en la capacidad de marcar agenda en la conversación pública.
El contraste es evidente: hoy la conversación pública se mueve en dos planos que conviven y se tensionan entre sí. Por un lado, las estructuras partidistas con sus inercias, sus disputas internas y una polarización que no termina de ceder; por el otro, las figuras que han logrado posicionarse con fuerza en el entorno digital, donde el ritmo, los formatos y la interacción directa con la audiencia marcan buena parte de la agenda. No es garantía de victoria, pero sí un factor de visibilidad. En tiempos de campañas largas aunque oficialmente no existan, la presencia constante en redes se convierte en un capital político que influye en percepciones y estados de ánimo. El pulso de la conversación sugiere que el humor social se articula tanto por rostros concretos como por las siglas que los respaldan y es ahí donde la Marianis ha sacado provecho.
Mientras tanto, desde la otra orilla del Atlántico llegan descalificaciones que más parecen discurso de tribuna extranjera que análisis serio de la realidad mexicana. La presidenta de la Comunidad de Madrid lanza calificativos gruesos, mete a México en el mismo costal que dictaduras latinoamericanas y se sube a la narrativa del “narco-Estado” desde un foro en Florida, bajo el reflector de la derecha internacional. No es casualidad el escenario ni el público: es la exportación del discurso polarizante, el uso de México como bandera retórica en batallas que no se libran aquí. Lo preocupante no es la crítica externa, que siempre ha existido, sino la ligereza con la que se dispara el adjetivo sin matices, como si la complejidad de un país pudiera resumirse en consignas de aplauso fácil. Si Madrid no se queda atrás al respecto de tantas cosas que le suceden a diario. En fin.



