viernes, 13 febrero 2026
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Gerson Gómez

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 Las Flores del Mal en el Centrito

Monterrey ya no huele solo a carne asada y esmog de las pedreras. Ahora, en las madrugadas de jueves a domingo, el aire arrastra un tufo a ginebra barata y clama por una inocencia escurrida entre los dedos. No son los viejos lobos de mar en las cantinas del centro; hoy, el brindis amargo lo encabezan ellas, las que apenas ayer soltaban la mochila de la secundaria.

El alcoholismo femenino en menores no es una estadística de oficina en la Secretaría de Salud de Nuevo León; es un grito sordo en las banquetas del Centrito Valle y en los oscuros pasillos de las colonias que el GPS prefiere ignorar.

Vemos a niñas de 13 o 14 años “cortando cartucho” con latas de 24 onzas, buscando en el fondo del aluminio un refugio contra la ansiedad o el simple vacío de una ciudad que les exige ser adultas antes de tiempo.

Giselle repite el tercer tetramestre de preparatoria. Lo hace de manera nocturna. Reprobó matemáticas y para avanzar debe asistir de forma cruzada. El cotorreo del receso. Dos cervezas de la tienda de conveniencia del rumbo. Ni modo. Si quiere terminar para quedarse al frente del negocio familiar de ortopedista. Ser primogénita tiene privilegios.

Ella como menor ya no solo experimentan; están alcanzando niveles de consumo que igualan a los varones, rompiendo esa brecha histórica a punta de “shots” de dudosa procedencia. El escape no es el baile, es el olvido.

Mientras las autoridades lanzan campañas de papel, en las calles de Monterrey se gesta una generación de mujeres que despiertan con la boca seca y la memoria borrada. El alcohol en menores ya no es “travesura”, es la anestesia local para una juventud que no encuentra su lugar en el mapa de la ambición regia.