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Gerardo Ledezma

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De promesas, culpas y bombas

Nos vendieron el Tren Maya como la joya de la corona, el detonador del sureste, la locomotora del desarrollo. Hoy la locomotora no jala… pero sí factura. Más de 6 mil 398 millones de pesos en pérdidas conjuntas en 2025 entre el proyecto ferroviario y los hoteles administrados por la Sedena. Números rojos que no se maquillan con discursos ni con listones inaugurales.

El tren perdió 3 mil 579 millones de pesos entre enero y septiembre. Grupo Mundo Maya, la empresa militar que opera siete hoteles, otros 2 mil 819 millones. Pero no se preocupe, ciudadano contribuyente: mientras usted paga la gasolina, la luz y el súper más caro, se destinaron 28 millones de pesos por adjudicación directa para promocionar el proyecto en ferias internacionales. Porque cuando el negocio no funciona, la solución parece ser montar un stand más grande en Madrid, Shanghái o Londres.

El problema no es solo financiero. Es de narrativa. Se prometió autosuficiencia, desarrollo masivo, ocupación hotelera de primer mundo. Hoy no hay informe de huéspedes, pero sí contratos de promoción. Primero el escaparate, luego —si se puede— el contenido.

Y hablando de promesas y culpas compartidas, en Monterrey el presidente deportivo de Rayados, José Antonio “Tato” Noriega, hizo autocrítica total: “Somos todos culpables”. Directiva, cuerpo técnico, jugadores. Todos menos la nómina que juega como si le pesara el sueldo. Porque cuando el equipo no está en los puestos altos, el discurso se llena de reflexión institucional. Pero la afición ya no quiere reflexiones: quiere resultados.

Se fue Torrent porque “el hilo se rompe por lo más delgado”. Una frase que en el futbol mexicano ya es tradición. Cambia el técnico, se reinicia el proyecto, se promete identidad y carácter. Mientras tanto, la grada se cansa. Y cuando la grada se cansa, el orgullo rayado ya no alcanza para tapar la pobreza futbolística. Las promesas, como los trenes deficitarios, terminan agotando hasta al más paciente.

Y si de relaciones incómodas hablamos, en Estados Unidos volvió a salir el nombre de Jeffrey Epstein. Bill Clinton declaró bajo juramento que Donald Trump le dijo que había pasado “algunos grandes momentos” con el financiero antes de pelearse por un negocio inmobiliario. El intercambio ocurrió, según el exmandatario, en un torneo de golf en 2002 o 2003.

Clinton aseguró que no interpretó esas palabras como señal de algo inapropiado. Pero el solo hecho de que el fantasma de Epstein siga rondando a expresidentes y figuras públicas demuestra que ciertos vínculos nunca terminan de enterrarse. En política, como en el futbol y en los megaproyectos, el pasado siempre cobra factura.

Mientras tanto, el Departamento de Estado de Estados Unidos pidió a sus ciudadanos abandonar de inmediato 14 países de Medio Oriente por “graves riesgos” de seguridad tras la escalada bélica contra Irán. Drones, misiles, advertencias urgentes. Cuando las bombas empiezan a volar, ya no hay comunicado elegante que calme el miedo.

Curioso: cuando el fuego está lejos, la retórica es firme; cuando el riesgo se siente real, llega el exhorto a salir corriendo. Ahora sí, a cuidarse.