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Gerardo Ledezma

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Reforma, reservaciones fantasma y narcofacturas: el país de las simulaciones

Apenas llegó la propuesta de reforma electoral al Congreso y ya comenzaron los gritos, las sospechas y las acusaciones de simulación. No pasaron ni unas horas cuando desde la oposición levantaron la ceja y prácticamente dijeron: así no, gracias. El coordinador del PAN en la Cámara de Diputados, Elías Lixa, fue directo al grano al advertir que su bancada no dará ni un solo voto a la iniciativa enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum.

Y no fue un “tal vez”, ni un “vamos a analizarlo”. Fue un no rotundo. Según el legislador, la reforma nace torcida porque no hubo consenso ni diálogo con las fuerzas políticas. Dicho en otras palabras: alguien decidió que la mesa de negociación era opcional. Y cuando las reformas electorales se cocinan en solitario, el resultado suele ser el mismo de siempre: pleito político, desconfianza y un país preguntándose si la democracia se fortalece o simplemente se reacomoda para conveniencia de unos cuantos.

Lixa incluso fue más allá y habló de simulación, de derroche de recursos en la comisión que supuestamente recogió opiniones de la sociedad y de un detalle nada menor: el crimen organizado sigue metiendo las manos en elecciones y nadie parece querer hablar demasiado del tema. Pero bueno, ese elefante en la sala suele incomodar a todos.

Mientras tanto, en otro capítulo del curioso realismo político mexicano, apareció la historia de las habitaciones del Mundial. Primero se dijo que se habían cancelado reservaciones en la Ciudad de México. Después que no eran cancelaciones, sino desbloqueos. Es decir, no estaban reservadas… pero sí estaban apartadas… aunque en realidad nadie había pagado nada. Una especie de reservación cuántica: existe y no existe al mismo tiempo.

El presidente de la Asociación de Hoteles de la capital lo explicó como cuando alguien dice que va a quedarse en un hotel dentro de tres meses y luego simplemente cambia de opinión. Nada grave, dicen. Pero ya sabe cómo funciona esto: cuando el río suena… aguas. Porque en este país los rumores suelen terminar convertidos en auditorías o en conferencias mañaneras.

Y por si faltaba un ingrediente más para el menú nacional, llegó la noticia que parece sacada de un guion surrealista: tras los desmanes provocados por el narcotráfico luego de la captura de un líder criminal, ahora se plantea crear un fondo especial para apoyar a quienes perdieron sus vehículos en los disturbios.

Sí, leyó bien.

Un fondo público, mitad federal y mitad estatal, para ayudar a recuperar autos quemados durante los bloqueos y ataques registrados en más de veinte ciudades. El argumento es entendible: muchas personas perdieron su herramienta de trabajo y necesitan apoyo. Nadie discute eso.

Lo que inevitablemente surge es otra pregunta incómoda: ¿otra vez los platos rotos se pagan con dinero público?

Porque mientras se anuncian apoyos para reparar los daños del narcotráfico, muchos ciudadanos se preguntan cómo van las investigaciones sobre los bienes de quienes provocaron esos desmanes. Porque si hay algo que caracteriza al crimen organizado no es precisamente la pobreza.

El problema de fondo no es ayudar a la gente afectada. El problema es que, una y otra vez, el país termina financiando las consecuencias de la violencia mientras los responsables siguen siendo una especie de fantasma financiero: todos saben que tienen dinero, propiedades y redes, pero casi nunca aparece la factura final.

Entre reformas electorales que arrancan con acusaciones de simulación, reservaciones mundialistas que existen pero no existen y fondos públicos para reparar los daños del narco, el panorama deja una sensación incómoda.

México parece vivir en un eterno ensayo donde todo se anuncia como solución definitiva… pero casi siempre termina siendo apenas otro capítulo de la misma historia.