
Cuando Washington señala, algo se avecina
México camina hoy por una cuerda floja y lo peor es que muchos aún prefieren fingir que el viento no sopla fuerte. Lo ocurrido este fin de semana con las declaraciones de Donald Trump no es un simple exabrupto del personaje que todos conocemos. Es una advertencia. Una de esas que en la política internacional no se lanzan por casualidad.
Trump no solo señaló a México como el epicentro de la violencia criminal del hemisferio. Lo colocó, literalmente, como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Y cuando un presidente estadounidense usa esa frase, la historia nos dice que después vienen acciones. No discursos.
La escena es preocupante por varias razones. Primero, porque mientras Washington organizó una reunión hemisférica para hablar de seguridad y narcotráfico, México simplemente no fue invitado. El principal socio comercial de Estados Unidos, el vecino con dos mil kilómetros de frontera compartida, quedó fuera de la mesa. Eso no es un descuido diplomático. Es un mensaje.
Y el mensaje es brutal: en Washington ya no ven a México como aliado en la lucha contra el crimen organizado, sino como parte del problema.
Trump, fiel a su estilo, mezcló elogios con veneno. Dijo que la presidenta Claudia Sheinbaum le cae bien, que tiene una voz hermosa, que es una buena persona. Pero inmediatamente después soltó la bomba: México está controlado por los cárteles.
Y lo dijo frente al mundo.
Aquí es donde la discusión se vuelve incómoda, porque durante años en México se ha construido una narrativa para explicar la violencia actual. Que si la culpa fue de Felipe Calderón, que si el villano era Genaro García Luna —quien, por cierto, ya fue sentenciado en Estados Unidos a más de 35 años de cárcel—. Pero la realidad es más cruda.
México no se descompuso en un día. Pero tampoco podemos ignorar que en los últimos años la estrategia de seguridad se diluyó entre abrazos, discursos y negaciones. Solo basta recordar esa idiotez de “Abrazos no balazos” o bien “Tenemos que ser respetuosos de los derechos humanos. Los delincuentes son seres humanos que merecen nuestro respeto y el uso de la fuerza tiene límites, básicamente es para la legítima defensa”, decía López Obrador a los integrantes de la Guardia Nacional y así puedo seguirle hasta ir a visitar a la mamá del “Chapo” Guzmán no una sino varias veces.
El resultado está a la vista: territorios disputados por cárteles, gobiernos locales rebasados y una percepción internacional cada vez más peligrosa de que existen gobernantes coludidos con el narco o campañas electorales patrocinadas , para posteriormente el pago de favores. -Así qué, cuando desde Washington se empieza a hablar de México como un Estado dominado por el crimen, el terreno se prepara para algo más que declaraciones.
Y eso es lo que debería preocuparnos.
Porque Estados Unidos tiene un historial muy claro cuando decide que un problema en el extranjero amenaza su seguridad nacional. Las intervenciones, presiones económicas, operaciones especiales o acciones unilaterales no son hipótesis de ciencia ficción. Son parte de su manual.
Mientras tanto, el mundo también se mueve en direcciones inquietantes. La muerte del ayatolá Alí Jameneí y la llegada de Mojtaba Jameneí como nuevo líder supremo de Irán ocurre en medio de bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Teherán. En ese tablero global, Washington demuestra que cuando decide golpear, golpea sin pedir permiso.
Por eso la pregunta no es si debemos preocuparnos. La pregunta es cuánto.
Porque si en Washington realmente empiezan a tratar a México como un problema de seguridad nacional, la relación bilateral podría entrar en una etapa mucho más agresiva. Y ahí no bastarán discursos, ni conferencias mañaneras, ni culpar a gobiernos pasados.
México tendría que reaccionar con inteligencia, firmeza y, sobre todo, con resultados reales en seguridad.
De lo contrario, el país podría enfrentarse a una tormenta política, diplomática y económica como no se ha visto en décadas.
Y sí, aunque suene duro decirlo, tal vez no estaría de más empezar a rezarle a algún santo. Porque si algo demuestra la historia es que cuando Estados Unidos pone los ojos sobre un problema en su frontera, tarde o temprano decide resolverlo a su manera.
-En pocas palabras, estamos muy jodidos.



