lunes, 9 marzo 2026
24.7 C
Monterrey

Gerson Gómez

Últimas Noticias

El Caballero de la Noche se vuelve de obsidiana

Ciudad de México. Año 1 de la Era del Murciélago de Penacho. Aquí estamos, en el ombligo de la luna, presenciando el último milagro de la colonización inversa: Batman ya no patrulla las gárgolas góticas de una Chicago anfetamínica, sino las pirámides de una Tenochtitlán.

La mexicanidad no es un destino, sino un disfraz de látex con aplicaciones de jade. La cultura popular mexicana, ese monstruo devora todo lo que le lanzan —desde la lucha libre hasta el K-pop—, finalmente ha digerido al Caballero Oscuro. El resultado es un híbrido extraño.

El Descenso al Mictlán del Celuloide

Imaginen la escena. El aire está cargado de incienso y la estática de un televisor que proyecta sombras que no pertenecen a este siglo. Entramos en la Mesoamérica de Warner Bros con el mismo espíritu con el diseccionar una gala del MET.

Buscando el detalle, la costura, el status de la máscara. Aquí, el joven Yohualli (nuestro Bruce Wayne con aroma a cacao) no presencia el asesinato de sus padres en un callejón tras ver a Zorro.

Los ve caer bajo el acero toledano de los conquistadores. Es el trauma fundacional de la patria convertido en plot device.

No hay sutileza. Batman Azteca no camina, acecha con la pesadez de quien sabe el destino es una fosa común decorada con plumas de quetzal.

Virilidad del mito. Diría Batman no lucha contra el crimen, sino contra la Historia misma. Es el ego masculino enfrentándose a la extinción. Pero seamos sinceros: Batman con un Maquahuitl. Es la fantasía definitiva del nacionalismo de consumo.

Pasamos de “Gringo Go Home” a “Gringo, préstame tu murciélago para contar mi propia tragedia”. Es la apoteosis del kitsch prehispánico. El Joker aquí es Yoka, un sacerdote loco. Probablemente leyó demasiados cómics de Alan Moore antes de decidir el caos es la única forma de honrar a los dioses.

La risa de Yoka no es un chiste de salón, es el estertor del imperio negado a morir sin antes volverse una franquicia de juguetes.

Visiones de Pánico y Locura en el Templo Mayor

La pantalla se deforma. ¿Es Batman o es una alucinación colectiva provocada por el exceso de nostalgia y mercadotecnia? Los colores chillones, violentos.

En un mundo de ladrones, el único pecado final es la estupidez. Y hay algo de sandez gloriosa y valiente en ver a Batman enfrentándose a un Joker-sacerdote en lo alto de una pirámide mientras el imperio español observa con la confusión de quien no sabe si está en una guerra de conquista o en una convención de cosplay salida de control.

La Crónica del Absurdo

Al final, Batman Azteca es espejo donde nos miramos. Una mezcla de trauma histórico, asimilación cultural y la necesidad imperiosa de tener un héroe sin hablar inglés, aunque sus regalías viajen a Burbank. Es la victoria del simulacro sobre la realidad.

Salgo del ustream (o apago la pantalla, para el caso es el mismo vacío existencial) sintiendo he presenciado un sacrificio humano. No de un mancebo, sino de la lógica. No importa. En esta ciudad, donde los superhéroes desayunan tamales y los dioses antiguos se venden en miniatura en el metro Pino Suárez, Batman siempre fue uno de los nuestros.

Solo le faltaba el penacho para dejáramos de fingir un habitante más de este manicomio llamado México.

Ya no entendí si ganamos la batalla o simplemente compramos el traje en oferta. Como sea, el Caballero de Obsidiana ha llegado. Y tiene mucha hambre de sangre y de suscripciones mensuales.