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Gerardo Ledezma

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Entre amenazas, radares y tatuajes: el extraño retrato del momento

Mientras el mundo se mueve en un tablero cada vez más tenso, pareciera que a algunos líderes simplemente no les importa demasiado lo que piense su propia gente. Ahí está el caso de Donald Trump, que insiste en una política exterior cada vez más agresiva mientras, según encuestas recientes, la mayoría de los estadounidenses ya no está tan convencida de esas aventuras. El 54 por ciento rechaza las decisiones de Washington en materia internacional y apenas el 41 por ciento respalda la ofensiva militar en territorio iraní. Para ponerlo en perspectiva: cuando George W. Bush lanzó la operación en Afganistán en 2001 tras el 11-S, tenía un respaldo del 87 por ciento. Hoy la historia es otra. Pero al parecer eso no quita el sueño en la Casa Blanca. Por cierto, este dato es según el sondeo de la cadena NBC News

Y mientras allá juegan a la geopolítica con misiles, aquí en México jugamos a la prevención con radares, drones y miles de uniformes. El llamado Plan Kukulkán —la apuesta de seguridad para el Mundial de Futbol— contempla desplegar cerca de 100 mil elementos entre policías y fuerzas armadas, además de aeronaves sobrevolando estadios, sistemas antidrones y vigilancia tecnológica digna de una película de ciencia ficción. Todo esto para garantizar que el balón ruede sin sobresaltos.

El tamaño del operativo también revela algo que nadie dice en voz alta pero todos entienden: el miedo existe. Y no es gratuito. Después de episodios de violencia vinculados al crimen organizado, las presiones internacionales no tardaron en llegar. Empresarios, el gobierno estadounidense e incluso la propia FIFA preguntaron si realmente era viable organizar un Mundial en México. Así que la respuesta fue clara: blindaje total. Porque si algo no puede pasar es que el mayor espectáculo deportivo del planeta se convierta en una nota roja.

Y en medio de este clima de drones, radares y soldados, el Congreso de Nuevo León decidió resolver otro “gran” dilema de la seguridad pública: los tatuajes de los policías.

Sí, ahora quien quiera ser elemento de Fuerza Civil ya no tendrá problemas por traer tinta en la piel. Una reforma aprobada por unanimidad establece que no se podrá negar el ingreso, permanencia o ascenso en la corporación por el simple hecho de portar tatuajes o perforaciones, siempre y cuando no representen mensajes de odio o violencia.

La diputada Bertha Alicia Garza lo explicó con el argumento de la no discriminación y la libertad de expresión. Y tiene lógica. En pleno siglo XXI sería absurdo seguir midiendo la vocación policial por lo que alguien lleva tatuado en el brazo. Aunque, siendo francos, tampoco estaría de más echarle un ojo a qué tipo de tatuajes aparecen en la fila de aspirantes. No vaya a ser que entre águilas, calaveras, nombres de exnovias y símbolos raros, terminemos armando una galería más cercana a un estudio de tatuajes que a una academia policial.

Así que ahí está el retrato del momento: Estados Unidos con su política exterior cada vez más cuestionada, México desplegando radares y soldados para proteger un Mundial que aún ni empieza, y nuestras policías discutiendo si la tinta en la piel es o no un problema.

Un mundo raro, sin duda. Uno donde los misiles, los drones y los tatuajes terminan compartiendo la misma conversación pública. Y donde, al final, lo único claro es que la realidad siempre supera al guion.