lunes, 16 marzo 2026
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Gerson Gómez

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La Noche de los Perdedores.

Entre el Ring y el Apocalipsis Kitsch. La noche anterior fue simulacro de fin del mundo. Frente a la pantalla, las luces de neón de Juegos de Guerra (1983) proyectan ese miedo ochentero donde un ordenador llamado WOPR nos enseñaba la única jugada ganadora es no participar.

Matthew Broderick hackeaba la existencia mientras afuera, en el Monterrey, el calor ya lame las paredes con lengua de asfalto y desesperación.

Estábamos ante la democratización del pánico. Todos iguales ante el hongo nuclear, todos idénticos frente al vacío del ocio programado.

El domingo despertó con resaca de realidad. En el “Volcán”, los Tigres de Guido perpetraron un atentado contra la estética del balompié. Un partido infumable contra los Gallos Blancos del Querétaro. Noventa minutos de nada absoluta. El fútbol se ha convertido en esa “fiesta de los otros” donde el obrero paga por ver a millonarios trotar sin alma. Fue intercambio de bostezos en las gradas. Coreografía de la mediocridad donde lo único emocionante es el precio de la cerveza. Un empate a cero sabe a derrota compartida.

Mientras tanto, en el mundo de los “bon vivants” de cartón piedra, la televisión muestra la entrega de los Óscares. Alfombra roja. A nadie importaba. Sin favoritos, sin mística, puro trámite de industria agonizante en su propia corrección política.

¿Quién quiere ver a actores llorando por un premio cuando la ciudad late con un pulso más visceral y, por ende, más honesto?

“Al diablo con los Óscares”, me dije. Decidí que el verdadero pulso de la nación no estaba en Los Ángeles, sino en la Arena Monterrey. Nos fuimos al Ring Royale 2026. Vamos con los perdedores. Siempre lo hemos sido. Esa es la identidad del regiomontano. No sale en los comerciales de San Pedro.

Quien sabe de la vida intercambia golpes bajos en una arena con olor a nachos y sudor.

Entrar al Ring Royale es como caer en una novela en una servilleta de un puesto de tacos. Una colisión de mundos. El “Nuevo Nuevo León” estrellado de frente contra lo naco convertido en vanguardia. Lo kitsch ya no es un error estético, es nuestra bandera. Ahí estaba el desfile de la infamia mediática: Carlos Trejo, el cazafantasmas ya es más espectro a investigador; Abelito, el bufón de la era TikTok; Nicola Porcella, el galán de saldo; y Karely Ruiz, la venus de OnlyFans sobre sus hombros de silicona la libido de una generación entera.

Ninguno hizo la faena amable. Fue un espectáculo grotesco, una coreografía del absurdo donde la técnica pugilística brilló por su ausencia. Ante la “Nueva Escena”: el espectáculo del ego donde el talento es un estorbo para el rating. Trejo lanza golpes al aire como si peleara con las deudas de Coppel; Karely se mueve con la pesadez de quien sabe si su imagen vale más a su gancho de izquierda.

Pero ahí, en esa pobreza de espíritu y de técnica, Monterrey encuentra su espejo. Lo naco se transmutaba en identidad. En una ciudad “venida a menos”, donde los edificios inteligentes conviven con arroyos secos y camiones invisibles, el Ring Royale es el templo de la verdad. Somos los perdedores que celebran el fracaso con una luz estroboscópica. Es la estética del “ya qué”, el orgullo de lo vulgar desafiando la pulcritud de los centros comerciales. Cinco millones de espectadores según youtube.

Aquí el réferi es la propia ciudad, contando diez segundos sobre la lona de nuestra dignidad. No hay gloria, no hay técnica, solo el ruido de una multitud sabiendo, al salir, el lunes es igual de infumable al partido de los Tigres Salvo de ser feriado. Nos quedamos con el sudor de los mediocres. Al final, en este Monterrey del 2026, ser perdedor es lo único auténtico.