
Asesoría espectral de una mesa de cantina de lujo
Asador de carne humana con pretensiones de Houston. El sol no calienta; castiga. Es ojo de Dios puritano vigilante desde el Cerro de la Silla. Espera por alguien pecando de lentitud. Ante ese fuego eterno, surge la nueva casta de jinetes del apocalipsis en miniatura. Los usuarios de Lime, acólitos de la batería de litio y el manubrio de aluminio.
El Centro: La Coreografía del Caos (A la Tarantino). En la Avenida Juárez, el aire tiene la densidad de caldo de menudo rancio. De pronto, un estallido de color verde fosforescente corta la escena. El hipster con barba de diseño y audífonos de mil dólares atraviesa el tráfico como una bala de plata. No mira a los lados. No respeta el semáforo. Estamos ante la “democratización del atropello”.
El sujeto viaja en su patín eléctrico con la fijeza de un asesino de Tarantino. Si el transporte público es purgatorio de sudor y cumbia, el Lime es escape individualista, su pulp fiction personal. Atraviesa las calles del centro ignorando las leyes de tránsito con la misma soberbia con la de un gánster ignorando los diez mandamientos. El peatón —ese paria de la modernidad— se quita o perece. Es danza violenta donde el único diálogo es zumbido del motor eléctrico y el insulto de un camionero frenando en seco.
Distrito Tec: La utopía del privilegio. Subimos por Garza Sada. Aquí, los patines y las bicis compartidas son accesorio de moda, el Birkin de la movilidad urbana. Jóvenes emprendedores usan el patín para evitar el sol de las dos de la tarde arruine su bloqueador solar de 150 dólares.
En el Distrito Tec, el patín no es transporte, es estatus. Es el “¡fíjate, horror!” convertido en vehículo. Van por la banqueta —porque la calle es para la plebe en Versa— esquivando jardineras y estudiantes de intercambio con una elegancia de catálogo. Aquí, la ciudad se vuelve escenario de cartón donde lo único real es el pavor a sudar. Rodar a 20 kilómetros por hora genera esa brisa artificial, ese aire acondicionado portátil los mantiene impolutos, listos para la siguiente clase de “Liderazgo Consciente”.
Cruzamos el túnel. Entramos al reino de lo impensable. San Pedro Garza García. Aquí la realidad se fractura. Los ejecutivos bajan de sus Tesla para subirse a un patín eléctrico y recorrer los últimos 500 metros hasta su oficina en Punto Valle.
El peligro es real. El pavimento de San Pedro es tan perfecto, invita a la velocidad suicida. El usuario sampetrino no usa casco; su ego es protección suficiente. Se desplazan con la convicción en un ring de boxeo. El mundo les pertenece por derecho de chequera. Si un patín choca contra un Porsche, el drama no es la herida, es el deducible. Es una “guerra de los mundos” donde el marciano viene en dos ruedas y trae una suscripción de gimnasio premium.
La Estética del Accidente
Hay una ironía oscura, en ver a estos usuarios cruzar Alfonso Reyes a contrasentido. La cámara se aleja, los observamos pequeños, insignificantes, desafiando las leyes de la física y de la decencia vial. Existe una anticipación morbosa en el aire. La ciudad, esa vieja prostituta está esperando su ofrenda.
Todos lo sabemos. Los automovilistas lo susurran entre dientes mientras aprietan el volante: “Ya casi ocurre”. Estamos escalando al primer mártir del litio. Ese pionero, por ir revisando su feed de Instagram mientras sortea un bache en Ocampo, termine formando parte del mobiliario urbano de forma permanente. Será una muerte limpia, casi estética, sazonada con el sarcasmo de una ciudad amante de sus máquinas, pero desprecia a los conductores.
El Sol no perdona. Al final del día, los patines quedan tirados en las esquinas como cadáveres de una batalla invisible. Son testimonio de una ciudad preferencial a la velocidad absurda a la convivencia lógica.
Rodamos para no quemarnos. Rodamos para no tocarnos. Rodamos porque en Monterrey, detenerse es empezar a morir, y si vamos a morir, mejor sea sobre una tabla verde, a exceso de velocidad, sin respetar el alto, con una sonrisa irónica en el rostro.
Esperando el siguiente bache nos convierta en leyenda o, al menos, en una nota roja con mucho estilo.




