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Gerson Gómez

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El Plan B (de Bendición)-

Claudia y el retorno de los brujos. El crepúsculo de los dioses de palacio. Ciudad de México, metrópoli convertida en laberinto de ventanillas. Amaneció con un cielo color panza de burro, gris institucional dictado por la Secretaría de Gobernación. En las calles, el aire pesa. No es solo el smog; es peso de la historia, o mejor dicho, del segundo piso de la historia.

La presidente Claudia, con esa disciplina de física termodinámica aplicada lo mismo para hervir un pozole para desmantelar al Poder Judicial, ha lanzado el Plan B. Pero no se confundan, no es un plan de contingencia. La región es la más transparente pero la política la más opaca. El plan b es en realidad el plan a con esteroides y una pizca de humildad franciscana que nadie se cree.

No estemas peor, es ahora el espectáculo es gratuito y con cargo al erario. En el Zócalo, las hordas no caminan, fluyen. Es la estética de la multitud tanto fascinada por el amarillismo vibrante en el ambiente.

Los titulares de los pasquines anuncian la muerte de la democracia con la misma tipografía de un decapitado en la nota roja. ¡Extra, extra! ¡Se nos va el INE, pero nos queda la esperanza!

El plan b de Sheinbaum es, en esencia, una oda a la eficiencia de la poda. Como un jardinero con una motosierra dorada, el presidente se dispone a recortar lo que ella llama grasa, pero la oposición llama órganos vitales.

Es el México del sacrificio azteca.  Sacar el corazón del presupuesto para el sol de la justicia social siga brillando. Un puñal de seda diría estamos ante la liturgia de la carencia. Se celebra quitado como si fuera un don sagrado.

La ironía de la continuidad, ¡Ay, el sarcasmo de la realidad mexicana! Nos prometieron seríamos Dinamarca, pero seguimos siendo el Macondo con garnachas. La presidente camina por los pasillos de Palacio con una sonrisa. Es, al mismo tiempo, una fórmula matemática y una advertencia. Su plan b es la respuesta al “no se puede”. En México, el “no” es solo una sugerencia se resuelve con un decreto a las tres de la mañana.

El amarillismo de la prensa de derecha grita Dictadura. El amarillismo de la prensa de izquierda responde. Purificación. Y en medio, el pueblo, oculto tras máscaras, simplemente se pregunta si el plan b incluye un subsidio para el gas. Porque la mexicanidad, señores, no es la Constitución; es la capacidad de sobrevivir a ella.

El estilo es el hombre (y la presidente), La resurrección de la burocracia. El plan b busca a los jueces sean elegidos por el voto popular. Imagine usted, querido lector, a un juez de distrito haciendo campaña en el mercado de la Merced: Vote por mí y le prometo amparos al dos por uno. Es la democratización del veredicto, la naca-nización del derecho.

La ironía es tan espesa. Se podría cortar con un cuchillo cebollero. Se busca terminar con la aristocracia judicial para crear una nueva aristocracia de la tómbola. El azar como método de gobierno. El destino de la nación decidido en un sorteo de la Lotería Nacional. Premio mayor, premio mayor. Usted es ahora Ministro de la Suprema Corte.

El laberinto de la presidente. Sabe el poder no se comparte, se hereda y se pule. Su plan B es el barniz faltante al mueble de la transformación. Hay toque de crueldad científica en el proceso. No hay odio, hay cálculo. Es el sarcasmo de la física. Algo suba, algo debe ser destruido.

Los hombres tristes de la oposición, esos ahora lloran por las instituciones, ellos mismos ayudaron a corromper. Es la gran comedia humana mexicana. El amarillismo nos dice el fin del mundo está cerca, para el mexicano, la muerte es una fiesta. Y el Plan B es, en última instancia, el “after” de la gran fiesta democrática comenzada hace seis años.

Cae la tarde en la Ciudad de los Palacios (y de los plantones). La Presidente revisa sus gráficas. El Plan B avanza. La mexicanidad se adapta, como siempre. Seremos menos libres, quizás, pero estaremos más entretenidos viendo cómo se desmorona el viejo régimen mientras nos tomamos un atole de chocolate.

En México, la única tragedia es ya no sabemos diferenciar si parodia o es realidad. Y el Plan B de Claudia es, sin duda, la parodia más realista viviente.