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Gerardo Ledezma

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Dicen que en México la justicia tarda, pero llega… aunque a veces llega con descuento, facilidades de pago y hasta disculpa incluida. El caso de Karina Barrón es un ejemplo que deja más dudas que certezas. Sale de prisión, firma una carta aceptando culpa, paga una reparación millonaria en cómodas mensualidades y promete no volver a hablar del tema. ¿Justicia o acuerdo conveniente? Porque cuando los casos se resuelven con dinero, la percepción pública inevitablemente huele más a negociación que a verdad. Porque sigo sin entender del ¿porqué? el pago. En fin.

Pero si eso ya genera ruido, lo que ocurre con el derrame de hidrocarburos en el Golfo de México es simplemente indignante. Más de 50 kilómetros cuadrados de daño ecológico, comunidades pesqueras afectadas y, como siempre, nadie sabe, nadie vio y nadie es responsable. Las autoridades presumen toneladas de limpieza, pero evitan responder la pregunta clave: ¿por qué no se actuó a tiempo? Aquí la historia se repite: primero se protege al poderoso, mientras el pescador, el de a pie o mejor dicho al que anda en lancha se queda con el desastre… y sin respuestas.

Y por si faltaba algo, desde Argentina ya dan un paso que en México seguimos evadiendo: llamar a las cosas por su nombre. Allá, el crimen organizado ya es catalogado como terrorismo. Aquí seguimos atrapados en discursos suaves, en estrategias que prefieren no incomodar y en una realidad que cada día rebasa más ciudades. Mientras otros países endurecen posturas, nosotros seguimos en el debate eterno de “abrazos, no balazos”, aunque la violencia tenga rato dejando claro que no entiende de buenas intenciones.

Así estamos: justicia negociada, desastres sin responsables y una inseguridad que muchos prefieren maquillar. Pero eso sí, discursos sobran. Lo que falta —y urge— es asumir la realidad sin rodeos. Porque negar los problemas no los desaparece… solo los hace más grandes.