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Gerson Gómez

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Los rehenes del espíritu

En nuestra adolescencia bautista, la fe no era una opción, era una geografía. El campamento de Montemorelos. Un pedazo de tierra hostil. Los pastores vendían como antesala del Edén, pero tenía más en común con un campo de reeducación soviético, solo con más guitarras acústicas y menos calefacción.

El único oasis era el arroyo “Encadenado”, una corriente anémica donde los marranos se bañaban con una paz budista, ajenos a que nosotros, los elegidos, estábamos ahí para ser procesados como embutidos espirituales.

Los ministros eran artistas del chantaje metafísico. Por la mañana, en los cursillos, nos hablaba de los mitos de la separación, con la autoridad de quien ha visto a Satanás escondido en un disco de Led Zeppelin.

Su misión quirúrgica. Extirparnos el mundo para injertarnos una paranoia sagrada. Nada de bailes, decía, mientras sus ojos escaneaban las filas en busca de un roce de rodillas prohibido. Expertos en detectar el pecado. Aun desconocíamos cómo deletrearlo.

Para ellos, la paz mundial no era un objetivo diplomático, sino un subproducto de nuestra obediencia. Si dejábamos de escuchar rock, tal vez Dios detendría las guerras. Bajo esa lógica demente, el destino de la humanidad dependía de un puñado de pubertos en Montemorelos no se dieran un beso en el campo abierto.

Nos ordenaron construir lazos emocionales permanentes. Una trampa de ingeniería social. Obligados a amarnos por decreto, creando una hermandad de cartón piedra. Se desmoronaba en cuanto cruzábamos la avenida Eugenio Garza Sada. Esos lazos eran, en realidad, cadenas: si uno caía en la “mundanalidad”, el resto debía sentir el tirón del reproche.

La testosterona, ese demonio no lee la Biblia, encontraba su escape en el fútbol rápido. Las canchas de tierra eran el Coliseo de nuestra frustración. Nos molíamos a patadas bajo el sol, buscando en el dolor físico una tregua para el bombardeo moral. Luego, la ducha. Agua helada te devolvía la cordura a golpes de hipotermia. Era el bautismo diario de la realidad.

Recordatorio de, en el reino de los cielos, la comodidad es una tentación del averno. La logística del deseo se movía en papelitos arrugados. El amigo secreto era la red de inteligencia más eficiente de Nuevo León. Le gustas a…

Esa frase tenía más poder a cualquier versículo de Romanos. Nos arreglábamos con una ansiedad patética, intentando el desodorante disimulara el olor a polvo y a duda existencial. Todo para, en la velada del jueves, frente a la fogata, ese truco de pirotecnia emocional, el ministro lanzara la red definitiva.

A los doce años, con el humo cegándonos y el sueño pesando como plomo, nos pedían entregáramos la vida al Salvador. Pasar al frente un acto de hipnosis colectiva. Decíamos yo con la voz quebrada por el cambio de tono y la presión de grupo, firmando un contrato de exclusividad con la deidad.

Exigía todo y no prometía nada pudiera usarse en el mundo real. Vinculación de juguete del sistema tratando como un pacto de sangre.

El viernes, los camiones nos devolvian a la realidad de la colonia Caracol. La transición un puñetazo. Del misticismo de pacotilla de la sierra al ruido de los escapes de los camiones urbanos.

A las tres de la tarde, el  culto de las siete palabras. Un maratón de culpa y silencio donde la ironía alcanzaba su punto máximo.

Llorábamos por la muerte de Dios mientras esperábamos ansiosos dieran las seis para ir por unos tacos al pastor. Al menos eran reales y no requerían compromisos de tiempo completo.

El domingo de resurrección, a las seis de la mañana, el “¡Él vive!” sonaba a consigna de supervivencia. Estábamos vivos, sí, pero con el alma llena de costras. Aquellos lazos emocionales permanentes terminaron siendo contactos perecederos años después, o rostros borrosos en fotos color sepia

Al final, lo único de Montemorelos fue la sospecha de la paz es un invento de quienes nunca debido ducharse con agua congelada mientras los ministros les gritan el mundo se va al carajo.

Los cerdos del arroyo Encadenado siempre tuvieron razón. La única salvación posible es hundirse en el lodo y dejar que el resto se pelee por el cielo.

A las cinco de la mañana, Monterrey no es la Ciudad de las Montañas, es sucursal del purgatorio con olor a escape de microbús y humedad de alcantarilla. Ahí estábamos, los sobrevivientes de Montemorelos, congregados en la edificación de la colonia Caracol. Con las ojeras cargadas de una semana de santidad forzada y el traje dominguero que nos quedaba grande, herencia de un primo más piadoso o más gordo, nos disponíamos a celebrar el triunfo sobre la muerte con el entusiasmo de quien espera el camión para ir a la maquila.

¡Él vive!”, gritaba el ministro, cuya energía a esa hora solo podía explicarse por una intervención divina o un exceso de café soluble. “¡Vive!”, respondíamos nosotros en un eco anémico, mientras el sol empezaba a lamer las paredes recién pintadas de blanco del templo. El humor negro de la escena era insuperable: celebrábamos la victoria de la vida eterna en un barrio donde la esperanza de vida se medía por la frecuencia de los asaltos en la esquina.

Esa madrugada era el simulacro final. Si podías aguantar un himnario completo antes de la apertura de los depósitos de cerveza, estabas listo para el mundo. Pero la realidad es nadie resucitaba.

Solo nos reactivábamos para la siguiente semana de mediocridad mundana. El rito era una coreografía de la negación. Fingir el sacrificio de un hombre hace dos mil años iba a arreglar el hecho del lunes deberíamos volver a la secundaria a enfrentar a los amigos mundanales. Ellos habían ido a la presa de la Boca a embriagarse.

Los de la fogata juraron servir de tiempo completo terminaron sirviendo mesas en Houston o atendiendo un call center donde el único dios es la métrica de ventas. Aquella pureza bautista se oxidó más rápido que los rines del Datsun de papá.

La mayoría de esas señoritas a las que les echamos el ojo bajo el amparo del arroyo Encadenado, hoy son avatares de Facebook. Comparten bendiciones en cadena o venden suplementos alimenticios por catálogo. La red del ministro atrapó a pocos; la mayoría saltamos por la borda en cuanto descubrimos el rock no te quemaba las orejas y el baile era una forma mucho más honesta de comunicación a cualquier carta de amigo secreto.

El planeta se desmorona en guerras- Ningún culto de siete palabras pudo detener, aquellos días en Montemorelos se sienten como un mal viaje de ácido espiritual. La paz era un producto defectuoso, estafa piramidal donde la inversión era nuestra infancia y el dividendo era una culpa perpetua.

Miramos atrás con una nostalgia cínica. No extrañamos a Dios, extrañamos levantar la mano en una fogata podía detener el apocalipsis. El mundo se está yendo al carajo, sí, pero al menos ya no nos bañarnos con agua congelada para demostrar que somos dignos de una salvación.

Nos queda el consuelo de los cerdos de Montemorelos. Ellos siguen ahí, en el lodo del arroyo Encadenado, ignorando el domingo el Salvador resucitó. En su displicencia porcina, son los únicos realmente entendieron el valor de la paz: no es un servicio a las seis de la mañana. Es tener suficiente lodo para cubrirse la piel mientras el resto del mundo busca un cielo siempre vacío.