
Plan B, sueros mortales y una tregua que no convence
Tres historias, dos nacionales y una internacional, que retratan con crudeza el momento que vivimos: decisiones políticas cuestionadas, negligencias que cuestan vidas y conflictos globales que nadie termina de apagar, pero todos presumen haber ganado.
En México, el llamado “Plan B” impulsado por el gobierno de Claudia Sheinbaum avanza con paso firme en el Congreso, respaldado por una mayoría que no titubea. Sesenta votos contra trece no dejan espacio a dudas: la línea está marcada. El problema no es la votación, es el fondo.
Se habla de austeridad, de acabar con privilegios, de poner orden en el gasto público. Suena bien. Pero cuando se rasca un poco más, lo que aparece es una reforma que, según la propia oposición, evita los temas verdaderamente incómodos: la infiltración del crimen organizado en elecciones, el dinero ilícito en campañas y la violencia política que sigue marcando procesos electorales.
Peor aún, desde la tribuna se lanzan frases que retratan el clima político: votar en contra es “estar contra el pueblo”. Ese tipo de discurso no construye democracia, la reduce. Porque una reforma electoral no debería dividir entre buenos y malos, sino garantizar reglas claras para todos. Y hoy, más que certezas, lo que deja este Plan B es la sensación de que se legisla más desde la consigna que desde el análisis.
Mientras tanto, en Sonora, la realidad golpea sin discurso que la suavice. Seis personas muertas por aplicarse un supuesto “suero vitaminado”. Seis. Y no en condiciones clandestinas, sino en un establecimiento que operaba con total normalidad.
Lo ocurrido en Hermosillo no es un accidente aislado, es el reflejo de un sistema que permitió que prácticas médicas sin sustento ni supervisión se convirtieran en negocio. Hoy se habla de bacterias, de sepsis, de mezclas desconocidas. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿dónde estaba la vigilancia sanitaria?
El titular de Salud, David Kershenobich, lo dijo claro: en muchos casos estos sueros no sirven para nada. Entonces, ¿cómo llegaron a convertirse en una práctica común? La respuesta es incómoda: por omisión, por permisividad y por una regulación que llega siempre después de la tragedia.
Y mientras aquí se debate entre reformas cuestionadas y fallas que cuestan vidas, en el escenario internacional el conflicto entre Estados Unidos e Irán entra en una pausa que nadie termina de creer.
Ambos se declaran ganadores. Desde la Casa Blanca se habla de presión exitosa; desde Teherán, de victoria histórica. Dos versiones, un mismo vacío: no hay acuerdo definitivo. Solo una tregua que sirve más para bajar la tensión momentáneamente que para resolver el conflicto.
El problema es que estas “pausas” no son inocuas. Ya han comenzado a golpear mercados, rutas comerciales y economías que dependen de la estabilidad global. El estrecho de Ormuz no es solo geopolítica, es petróleo, es comercio, es impacto directo en bolsillos que nada tienen que ver con decisiones militares.
Al final, los tres temas tienen algo en común: la distancia entre el discurso y la realidad. Se habla de democracia, pero se cuestiona el contenido de las reformas. Se habla de salud, pero mueren personas por prácticas sin control. Se habla de paz, pero la guerra sigue latente.
Y esa distancia, cada vez más evidente, es la que termina pasando factura. Porque mientras los discursos avanzan, los problemas siguen ahí, esperando algo más que palabras.



