
El personaje ya no me pertenece. Es propiedad pública, fetiche visual para la
generación del storie inmediato. Con mi barba de profeta en decadencia y la gorra de Heineken, ese casco de guerra para el conductor, soy el extranjero, o el nativo necesita para validar su festival. Me visto de Zara y Reebok.
El uniforme de la clase media pretende no tener clase, y camino. Camino porque en el Pal Norte la distancia es la única forma de recordarte como sigues vivo.
El aire huele a bisutería de diez pesos y a la desesperación de los vendedores de lentes de cien. En mis oídos, Stryper levanta muro de metal cristiano contra el paganismo regio. Entro por los camerinos como quien entra a su propia cocina; la falta de señalética es la cortesía del caos. Veo los nombres en las puertas: The Warning, Simple Plan, Cypress Hill. Son celdas de lujo para los gladiadores del streaming.
El cartel. Una carnicería de géneros.
La cartelera de hoy es ejercicio de modernidad. Todo fluye, nada permanece, excepto el aire frío y el polvo.
The Warning. Las herederas del hierro. Tocan con la precisión de quien sabe el rock es ahora nicho de exportación. La consagración del estruendo familiar.
Simple Plan. La nostalgia es producto de limpieza. Hoy se vende caro. Adultos de cuarenta gritando en su vida es una tragedia, mientras revisan el saldo de su tarjeta de crédito. Individualismo hedonista vestido de angustia adolescente.
Cypress Hill: Aquí el hornazo no es una metáfora, es estado de sitio. El setlist es un denso humo nublando la vista de la sociedad mexicana, vine a estudiar. ¿buscan? El olvido verde. Un narcótico colectivo para aguantar la caminata de regreso.
Los Fabulosos Cadillacs. El soundcheck ya vaticinaba el ritual. Vicentico opera como chamán cínico. Es la cultura del espectáculo en su máxima expresión: todos bailan “Matador” mientras el sistema los torea con cerveza a precio de oro.
C. Tangana. Otros rellenos estéticos. El cinismo de la vanguardia. Artistas se consumen antes de terminar su turno en el escenario, satisfaciendo el vacío de una masa necesita sentirse parte de.
El montículo de la reflexión. Me siento en la tierra. Soy el observador participativo. Veo a la sociedad mexicana. Amasijo de selfies, sudor y el deseo irrefrenable de no estar en casa. El tiempo se vuelve elástico, como chicle masticado por miles. El consumo ya no es de objetos, es de experiencias vacías, se llenan con ruido.
El encuentro con Sen Dog no fue una entrevista, fue una exhalación de la historia del gueto procesada por la maquinaria de un festival masivo. Afuera de la sala de prensa fuma un cigarro y bebe cerveza. Un día antes correteo la verbena en el museo de Celso Piña en el Cerro de la Campana.
Ahí estaba él. sobreviviente del asfalto californiano, una mole de carisma chicano posee esa elegancia del carnicero. Sabe exactamente dónde cortar la carne del ritmo.
Lo abordé con el cinismo de quien ha visto pasar demasiadas modas. Sen Dog no camina, se desplaza con la gravedad de un satélite. Sus ojos, despiertos parecen escanear la sociedad mexicana brama.
—“It’s the heat, man,”— soltó con una voz que suena a grava y a callejones de South Gate.
Yo sonreí, manteniendo el rostro duro del personaje. Sen Dog es la transculturación perfecta. Un cubano-americano rapeando para regios. Apenas balbucean el inglés pero entienden perfectamente el lenguaje universal del Hornazo. El humo de Cypress Hill es el incienso de la modernidad. Neblina borrando las fronteras de clase entre el junior de San Pedro y el obrero de Santa Catarina, unidos por un solo pulmón colectivo.
Él miró mi barba blanca, mi cachucha de Heineken. Quizás vio en mí al veterano del periodismo gonzo que se niega a morir. Ambos somos piezas de un museo itinerante.
Como ves las marchas de No Kings. Esta duro mi hermano. Movió la cabeza. Esta muy difícil. Lo vi alejarse hacia el rugido de la multitud. El personaje estaba satisfecho.
El apocalipsis de Axl. Pasadas las 2:00 AM, el cansancio es costra en el rostro. Pero entonces, el milagro del anacronismo: Guns N’ Roses. Comienza la gira mundial y Axl Rose emerge como monumento a la persistencia (o a la terquedad).
Cuando suena November Rain, el Pal Norte se detiene. Es una balada interminable, un himno al exceso. Ya no existe. Bajo el cielo de Monterrey, la canción se siente como el epitafio de la jornada. El cinismo se dobla un poco ante el piano. Solo miro mi reloj.
La caminata de salida será peor. El personaje ha cumplido. La sociedad mexicana ha sido medida y su temperatura es de una fiebre festiva. Mañana será solo una cruda de dimensiones épicas. Salgo entre las sombras, sin moto, sin nacionalidad clara, solo con el eco de un solo de Slash retumbando en mis Reebok negros. La zona de prensa es el zoológico de las vanidades, un microcosmos donde la sociedad del espectáculo de Debord se devora a sí misma entre chicharrones tibios y buena conexión a internet.
Aquí conviven tres especímenes dominantes. Primero, el influencer de nicho, ese ser vacío personificado en un outfit de tres mil pesos: graban su rostro en lugar del escenario, validando su existencia a través de un filtro de Instagram mientras ignoran a sus espaldas Cypress Hill está demoliendo el aire.
Su tragedia es estar en el festival; el festival sino el decorado de su monólogo narcisista.
Luego está el reportero de la vieja guardia, con la libreta sudada y el cinismo tatuado en las ojeras. Estos miran el desfile con el desprecio de quien sabe la crónica ha muerto a manos del algoritmo.
Se agrupan en las esquinas, intercambiando anécdotas de festivales inexistentes, como exiliados de una guerra perdida contra el reels de quince segundos. Son el gran reportaje agonizante frente a la inmediatez del clickbait.
Finalmente, el corresponsal extranjero imaginario, tipos como yo, o lo que ellos creen soy. Nos miran con sospecha: ¿es un crítico de The New Yorker o un jubilado perdido buscando el baño?
Mi barba blanca y los Reebok clásicos son mi pasaporte de inmunidad diplomática. Nadie se acerca. El rostro duro funciona como un campo de fuerza. Turista en un mundo de vagabundos, observando cómo el gremio se desespera por una entrevista de treinta segundos sin ser leída.
A las 2:00 AM, la universidad musical es un campo de batalla de vasos de plástico y cuerpos exhaustos. El personaje ya no camina, flota sobre el cansancio.
Cuando Axl Rose se sienta al piano, November Rain no es una canción, es una institución del exceso. Es el inicio de la gira mundial oliendo a despedida y a gloria rancia. El tiempo, vuelto elástico durante dieciséis horas, se rompe con las primeras notas.
La cursilería se vuelve épica; la masa, antes fragmentada por el ego de las redes sociales, se funde en un solo coro de gargantas rotas.
Observo la escena desde mi montículo de tierra. La temperatura de la sociedad mexicana es febril. Somos una nación encontrando su identidad en el ruido compartido, en el rito de pagar por el agotamiento. El solo de Slash es el punto final de una crónica sin necesitar más palabras. Me ajusto la cachucha de Heineken, miro mis zapatillas negras ya cubiertas de polvo regio y emprendo la retirada.
El personaje invicto. El festival termina, pero la caminata de regreso a la realidad apenas comienza.
Bostezo de asfalto. La avenida Madero no recibe a los héroes, sino a los sobrevivientes. Son pasadas las tres de la mañana y el silencio de Monterrey es mentira técnica. Queda el zumbido en el oído, el tinnitus de la modernidad, el vacío sonoro del hiperconsumo.
Camino con la cadencia de quien ha visto el fin del mundo y ha decidido no vale la pena reportarlo. Mis Reebok negros ahora son color tierra. Polvo es el único trofeo real de la jornada. A mi paso, los restos de la batalla: vasos de plástico aplastados brillan bajo las luminarias como escamas de un reptil prehistórico.
Los jóvenes, despojados de la euforia de Guns N’ Roses, deambulan con la mirada perdida de quien busca un Uber. Nunca llegará o el precio excesivo del rescate de un reino.
El personaje se desvanece. Ya no soy el extranjero ni el profeta de la Heineken. Soy solo un hombre con la barba llena de nicotina ajena y el eco de November Rain martilleando las sienes.
La universidad musical ha cerrado sus puertas por hoy. La sociedad mexicana tiene una capacidad infinita para el sacrificio estético. Nos gusta el dolor de la caminata si al final hay un solo de guitarra haciendo sentir la resurrección de los años 90. El cinismo de un simulacro, pero el frío de la madrugada en los huesos es real.
Llego al punto donde la ciudad vuelve a ser suya. Lejos de los reflectores. Me quito la cachucha. El aire de la Sultana huele a industria y a cansancio antiguo. El tiempo deja de ser elástico para volverse plomo. Mañana, las fotos en Instagram serán el diploma de asistencia. Guardo el polvo en los zapatos. Es el único archivo fidedigno de la infamia y la gloria. La caminata termina. El silencio, por fin, es absoluto.
Por: Dr. Gerson Gómez
Foto: Apodaca Group
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