
El museo del vacío con vistas al mar
El insomnio del Vedado y la náusea del buffet. Arribamos a La Habana cuando la madrugada todavía es un fetiche de sombras y el aire tiene ese espesor de humedad pegando la camisa al alma. No veníamos por el azul aséptico de Varadero, ese no-lugar diseñado para que el turista europeo olvide el mundo tiene cicatrices. Vinimos a instalarnos en el Saint John’s, un edificio que sobrevive a la vuelta del Hotel Nacional como el pariente pobre y digno que aún conserva un traje de gala apolillado.
En el corazón de El Vedado, la modernidad líquida se siente, paradójicamente, petrificada. Aquí, el flujo de la historia no corre; se estanca en los baches de la calle 23. Al entrar al hotel, el buffet nos recibió con la violencia de lo simulado. Bandejas de una abundancia anémica, carnes de procedencia metafísica y un café con sabor a resistencia soberana.
Cuba el vacío se sirve con arroz y frijoles negros. El estómago, ese órgano burgués y reaccionario, protestó de inmediato. El mojito nocturno, más cóctel, fue exorcismo de azúcar y ron barato para olvidar la comida corrida de los paladares, donde la langosta se ofrece con la naturalidad de un huevo frito. El último refugio del sabor doméstico antes de todo se vuelva souvenir.
El flâneur en el desierto. Caminar La Habana no es un ejercicio físico, es lectura arqueológica. De El Vedado a La Habana Vieja, o el ascenso hacia la opulencia marchita de Miramar, el trayecto una coreografía de la carencia. El peatón cubano es especialista en la esperanza; nosotros, en cambio, éramos especialistas en el cansancio. Cruzamos la ciudad como ideogramas de modernidad. Nunca terminó de instalar el software. En Coppelia, la catedral del helado donde alguna vez el conflicto fue entre fresa y chocolate, la realidad nos aplicó el rigor del racionamiento: “Solo hay chocolate, compañero”. La dicotomía cinematográfica de Gutiérrez Alea se resolvió en la unidad absoluta de la escasez. No hubo elección, y en la era de la hiper-opción occidental, ese chocolate único se sintió como una bofetada de honestidad brutal. El vacío no es la ausencia de cosas, es la ausencia de posibilidades.
El sueño de la Tierra del Mal. En un rincón de esa ciudad se desmorona con elegancia, encontramos a los hermanos sefarditas. Los hijos de la diáspora soñando con otra diáspora. Sus ojos no miraban al Muro de los Lamentos, sino hacia el Norte, hacia la tierra del mal, ese Estados Unidos es, al mismo tiempo, el Satán del discurso oficial y el Edén del consumo privado.
Fuimos su correo humano. Cargamos una misiva como quien transporta un secreto de Estado en un siglo donde no se cree en el papel. Al regresar a Monterrey, entregamos el mensaje a don Moishe Kailman en la colonia Vista Hermosa. El contraste fue un latigazo: de la penumbra vigilada de La Habana al orden higiénico y empresarial de la capital regia. Dos mundos se ignoran, conectados por un papel doblado y la persistencia de una fe por encima de bloqueos económicos.
La dignidad de Martí frente al circo de Trump. Cuba no necesita a los Estados Unidos, o eso dicta el dogma del decoro martiano. La dignidad no se come, dicen los cínicos en Miami.
La dignidad es lo único para mantenerse en pie, responden los poetas en el Malecón. Sin embargo, la sombra de Donald Trump, ese tirano naranja entendiendo la política como un reality show de baja estofa, se alarga sobre la isla. Trump es el síntoma definitivo de la modernidad. Hombre hecho de ruido, de muros reales e imaginarios, insiste en hacer la guerra contra el mundo porque su ego no cabe en el mapa.
Mientras el emperador del twitter amenaza con cerrar los grifos del intercambio, el cubano de a pie sigue descifrando cómo arreglar un motor de 1954 con un pedazo de alambre y pura voluntad metafísica. Es la inteligencia del sobreviviente frente a la estupidez del opulento.
Terminamos en un cabaret, una semana después de otros paisanos artistas pasaran por ahí dejando un rastro de aplausos fáciles. Nosotros fuimos el cierre, el epílogo de una función interminable. Entre plumas de pavo real desgastadas y rumberas bailan con una precisión mecánica, entendimos que La Habana es el escenario perfecto para estudiar el vacío contemporáneo
Todo es sólido y se desvanece en el aire, pero aquí, se desvanece es el futuro, dejando un presente eterno, polvoriento y extrañamente hermoso. Nos fuimos con el estómago revuelto y la mente lúcida, sabiendo, a pesar del racionamiento de fresa, la dignidad sigue siendo el único plato servido completo en esta isla negada a ser solo un parque de diversiones para la nostalgia ajena.




