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Gerardo Ledezma

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Entre el fentanilo invisible, la protesta incómoda y los discursos huecos

Otra vez la realidad supera al discurso oficial. Mientras en Estados Unidos ya catalogan al fentanilo como amenaza mayor, en México seguimos jugando a las escondidas con los datos. El problema no es menor: simplemente no sabemos —o no queremos saber— qué tan profundo está el consumo de esta droga que está devastando comunidades enteras. Y no lo decimos nosotros, lo advierte un informe de InSight Crime: hay un vacío de información de más de seis años que hoy pasa factura.

Lo describe y lo detalla, el periódico El Sol de México.

Porque claro, es muy cómodo presumir cifras cuando las encuestas dejan fuera a quienes viven en la calle, a quienes están en la periferia, a quienes ya cayeron en el abismo. Decir que apenas el 0.2 por ciento ha probado fentanilo suena más a consuelo político que a diagnóstico real. Mientras tanto, ciudades del norte ya registran corredores de consumo y presión en sistemas de salud que simplemente no estaban preparados. Pero aquí seguimos, administrando la ignorancia.

Y en medio de este panorama, el gobierno federal, a través de la Secretaría de Gobernación, sale a decir que “no hay razón” para manifestarse. Así, sin más. Como si la memoria fuera corta. Como si cuando no estaban en el poder no hubieran tomado calles, carreteras y plazas con cualquier bandera disponible. Hoy, desde la comodidad del escritorio, las protestas estorban. Ayer eran herramienta política; hoy son una molestia.

Se insiste en que se han entregado apoyos millonarios, que hay diálogo, que “a nadie se le ha negado nada”. Pero si todo está resuelto, ¿por qué hay organizaciones dispuestas a paralizar carreteras? Tal vez el problema no es la falta de recursos, sino la falta de confianza. Y esa, por más millones que se anuncien, no se compra ni se impone por decreto.

Y mientras en México se niegan crisis y se minimizan inconformidades, en el escenario internacional aparece Nicolás Maduro con su ya conocida narrativa: llamados a la paz, a la unidad, al amor… en medio de un país profundamente dividido y cuestionado. El discurso suena bien, incluso hasta emotivo en tiempos de Pascua, pero choca con una realidad donde la reconciliación no se decreta en redes sociales.

Porque al final, ese es el común denominador: discursos que intentan tapar realidades incómodas. México con un problema de drogas que no quiere medir, un gobierno que descalifica la protesta que antes defendía, y líderes internacionales que hablan de unidad mientras sus países viven otra cosa.

La pregunta es simple: ¿hasta cuándo se seguirá gobernando con narrativa y no con realidad?

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