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Gerardo Ledezma

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Influencers, geopolítica y doble discurso: señales de una política en decadencia

Mientras los partidos políticos intentan convencernos de que están renovándose, el escenario internacional y algunos episodios del vecino del norte recuerdan que la política moderna parece avanzar cada vez más entre espectáculo, cálculo mediático y crisis de credibilidad.

En México, el PAN presume una apertura inédita rumbo a las elecciones de 2027. Más de 100 mil personas interesadas en afiliarse, influencers tocando la puerta del partido y perfiles “rentables” siendo observados como posibles candidatos. La vieja estructura panista, históricamente señalada por ser cerrada, elitista y dominada por grupos internos, ahora apuesta por figuras digitales y personajes mediáticos como si estuviera armando un reality show electoral más que una plataforma política seria.

La pregunta inevitable es si realmente buscan abrir la democracia o simplemente adaptarse a los tiempos donde importa más un video viral que una propuesta de gobierno. Porque una cosa es sumar ciudadanos valiosos y otra convertir la política en un casting permanente de likes, seguidores y tendencias. El riesgo para todos los partidos, no solo para el PAN, es terminar reemplazando experiencia, preparación y visión de Estado por popularidad instantánea.

Resulta curioso escuchar comparaciones de la política con fichajes de futbol. Tal vez ahí está precisamente el problema de fondo: muchos institutos políticos dejaron de construir cuadros y ahora salen al mercado digital a contratar celebridades electorales esperando que los votos aparezcan solos. Y sí, probablemente veremos nombres sorpresivos rumbo a 2027, pero eso no necesariamente significa mejores gobiernos.

Mientras tanto, en el tablero mundial, Xi Jinping y Donald Trump vuelven a jugar una partida donde las palabras “estabilidad”, “diálogo” y “cooperación” sirven más como instrumentos estratégicos que como garantías reales de paz. China habla de consensos, Trump presume acuerdos y ambos buscan vender fortaleza política en medio de tensiones económicas, comerciales y militares que siguen latentes.

El discurso diplomático suena elegante, pero el mundo entero sabe que detrás de cada sonrisa entre potencias existe una competencia feroz por influencia, mercados y control geopolítico. Hoy hablan de estabilidad estratégica y de reabrir rutas comerciales en Ormuz; mañana cualquier desacuerdo puede volver a tensar la economía global y disparar nuevas incertidumbres.

Y mientras las grandes potencias hablan de orden internacional, en Estados Unidos otra historia exhibe las contradicciones del poder. La salida de Michael Banks deja una imagen incómoda para una institución que durante años se presentó como símbolo de disciplina y autoridad. Acusaciones de contratar prostitución en viajes al extranjero terminaron sepultando una carrera de casi cuatro décadas.

La ironía es brutal: uno de los rostros de la seguridad fronteriza estadounidense, encargado de perseguir delitos y vigilar el cumplimiento de la ley, termina envuelto en un escándalo que mezcla abuso de poder, excesos y doble moral. Otro recordatorio de que muchas veces quienes exigen orden público son incapaces de mantener orden en su propia vida privada.

Así avanza el mundo político actual: partidos buscando influencers para sobrevivir electoralmente, líderes globales administrando tensiones como si fueran campañas de relaciones públicas y funcionarios de seguridad cayendo por escándalos que parecen sacados de una mala serie televisiva. Entre tanta estrategia, propaganda y simulación, el ciudadano común sigue esperando algo mucho más sencillo: seriedad, congruencia y gobiernos que realmente estén a la altura de la responsabilidad que dicen representar.