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Gerardo Ledezma

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Mientras México arde, el espectáculo nunca se detiene

En este país ya no sabemos si vivimos una crisis nacional o un interminable reality show donde todos gritan, nadie resuelve nada y el ciudadano termina atrapado entre el miedo, el cinismo y el absurdo. México parece haberse acostumbrado a normalizar lo impensable mientras la clase política sigue jugando a las declaraciones, a las excusas y a las simulaciones.

Ahí está el caso de Rubén Rocha Moya. El gobierno federal sale apresurado a aclarar que el mandatario “no ha salido del país”, como si ése fuera el verdadero problema de fondo. El detalle no es si está en Sinaloa o en Timbuktú; el verdadero drama es que Sinaloa lleva años convertido en territorio del terror, donde las balaceras son paisaje cotidiano y donde la población aprendió a distinguir el calibre de las armas antes que las tablas de multiplicar. Pero eso sí, en medio del desastre, la prioridad parece ser aclarar la geolocalización del gobernador.

Mientras tanto, en Nuevo León, dos comentaristas deportivos protagonizan una pelea digna de patio de secundaria. Willie González presume públicamente que buscaba “volver loco” a Toño Nelli, y el pleito escala entre amenazas legales, egos inflados y programas de radio convertidos en ring de barrio. El periodismo deportivo, que alguna vez habló de futbol, ahora parece concurso de provocadores profesionales donde gana el que haga más escándalo.

Y como si el surrealismo mexicano no fuera suficiente, ahora resulta que el Mundial de Futbol también nos pone frente a otra realidad inquietante. Más de 400 ciudadanos de la República Democrática del Congo llegaron a México para apoyar a su selección, justo cuando el ébola vuelve a encender alarmas internacionales. La Organización Mundial de la Salud ya habla de emergencia sanitaria por la rapidez del brote, mientras aquí seguimos actuando como si los protocolos fueran opcionales y la prevención un lujo burocrático.

México quiere presumirse como anfitrión mundialista, moderno y global, pero ni siquiera puede garantizar hospitales dignos, vigilancia epidemiológica sólida o seguridad en sus carreteras. Queremos estadios de primer mundo con servicios públicos de tercer mundo. Esa es la contradicción nacional: las luces del espectáculo intentando tapar la oscuridad de la realidad. Aún recuerdo los tiempos de AMLO, dejando pasar a una enorme cantidad de “Chinos” en tiempos del Covid-19.

Y mientras el planeta observa guerras, desplazamientos y tragedias humanitarias, Israel vuelve a colocarse en el centro de la indignación internacional. La imagen de activistas humanitarios arrodillados y esposados tras la intercepción de la flotilla Global Sumud en aguas internacionales desató condenas desde Europa. Gobiernos como los de Finlandia, Irlanda, Grecia y Reino Unido cuestionaron duramente las acciones israelíes y exhibieron una escena que parece salida de los capítulos más oscuros de la política internacional moderna.

El problema es que el mundo entero parece haber perdido sensibilidad. Ya nada sorprende. Las guerras se consumen como contenido digital, los muertos se convierten en estadísticas y los gobiernos se limitan a emitir comunicados diplomáticos mientras las imágenes recorren el planeta.

Vivimos tiempos donde la indignación dura menos que una tendencia en redes sociales. Donde un país puede desmoronarse frente a todos y aun así seguir funcionando a medias gracias a la costumbre colectiva del caos.