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Gerardo Ledezma

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El país de los trogloditas con fuero

Qué vergüenza ver convertido al Congreso de la Unión en una especie de ring callejero donde los diputados ya no discuten ideas, leyes o soluciones, sino que se gritan como pandilleros de cantina, se amenazan a golpes y se insultan con una vulgaridad que ofende a cualquiera que todavía crea en la política como algo serio.

Son más corrientes que las galletas de animalitos. Chafos, vulgares y gañanes. Y lo peor de todo es que muchos de ellos tienen fuero constitucional, salarios insultantes y poder político mientras el país se sigue hundiendo entre violencia, desconfianza y una clase política cada vez más miserable.

Lo ocurrido en la Cámara de Diputados no fue un accidente ni un “momento de tensión”. Fue el verdadero rostro de una generación de legisladores que creen que representar al pueblo consiste en hacer berrinches, lanzar amenazas y actuar como orangutanes descontrolados frente a las cámaras.

Ahí estaba un diputado retando a golpes. Ahí estaba otro respondiendo “pártemela ahorita”. Ahí estaban los empujones, los sombreros aventados, los gritos, los insultos y la degradación absoluta del Poder Legislativo mexicano.

Y mientras eso ocurre, millones de mexicanos sobreviven entre el miedo, el abandono y la incertidumbre.

Lo más grave no es solamente el espectáculo grotesco. Lo más grave es el contexto. Porque el pleito ocurrió mientras discutían reformas electorales, nulidades de elección y vínculos de candidatos con el crimen organizado. Es decir, mientras el país entero sospecha cada vez más que la política mexicana está contaminada por intereses oscuros, nuestros diputados terminan actuando exactamente como la peor caricatura del poder.

Y sí, aunque les incomode, hay que decirlo: el ambiente rumbo a las elecciones empieza a calentarse de manera peligrosa.

México está entrando a una etapa donde ya nadie cree en nadie. Donde Morena acusa al PRI. Donde el PRI acusa a Morena. Donde Movimiento Ciudadano pelea con el Congreso. Donde los vetos se acumulan. Donde la oposición grita autoritarismo. Y donde el oficialismo responde acusando conspiraciones.

Todo mientras el ciudadano común mira desde afuera preguntándose quién demonios gobierna este país.

Samuel García ya rompió récord con 181 vetos. Ciento ochenta y uno. Una cifra que refleja no gobernabilidad, sino una guerra política permanente. Un Ejecutivo enfrentado con el Legislativo prácticamente todos los días. Y mientras los políticos se pelean el control, las obras siguen sin terminarse, los problemas metropolitanos se acumulan y la polarización sigue creciendo.

Por eso llama la atención cuando un alcalde como Andrés Mijes termina diciendo públicamente algo que muchos ya perciben: que hay gobiernos obsesionados con los videos, las redes sociales y la propaganda, mientras los problemas reales siguen atorados.

Porque hoy la política mexicana parece eso: un gigantesco estudio de grabación donde todos quieren likes, pero pocos quieren resolver.

Y mientras el país vive este ambiente de confrontación, otra señal de alarma aparece silenciosamente desde el exterior.

México acaba de restringir el ingreso a viajeros provenientes de Uganda, República Democrática del Congo y Sudán del Sur. Oficialmente se habla de medidas sanitarias y migratorias preventivas. Extraoficialmente, el mundo vuelve a empezar a oler a incertidumbre global.

Tal vez muchos no quieran verlo, pero algo se mueve internacionalmente. El planeta está nervioso. Las crisis sanitarias ya no son paranoia después de lo vivido hace apenas unos años. Y México, aunque quiera aparentar normalidad permanente, sabe perfectamente que no está blindado ante nada.

Porque aquí seguimos reaccionando tarde a todo.

Tarde a la inseguridad. Tarde al crimen organizado. Tarde a la crisis migratoria. Tarde a las epidemias. Tarde al colapso institucional.

Y en medio de ese desastre aparece otro retrato grotesco del país: falsos “defensores de derechos humanos” convertidos presuntamente en operadores de despojos de propiedades.

Personajes que se disfrazaban de activistas, que portaban placas, que utilizaban logotipos similares a los de la Fiscalía y que aparentemente vendían una imagen de autoridad que nunca tuvieron.

Fantoches. Simuladores. Vividores del caos.

Y sí, muchos recordaron inmediatamente a ciertos personajes de redes sociales y la vieja política del escándalo permanente, porque durante años México también se llenó de pseudo luchadores sociales que gritaban mucho frente a una cámara, pero que terminaron envueltos en polémicas, denuncias o sospechas.

Ese es otro cáncer nacional: la simulación.

Todos aparentan algo. Diputados que aparentan debatir. Activistas que aparentan defender derechos. Gobiernos que aparentan trabajar. Partidos que aparentan combatir la corrupción. Y ciudadanos cansados que aparentan seguir creyendo en el sistema.

Mientras tanto, la realidad sigue golpeando.

La justicia no mejora. La seguridad no mejora. La política no mejora. Y el lenguaje público se vuelve cada vez más agresivo, más vulgar y más primitivo.

Por eso lo del Congreso no fue una anécdota. Fue una advertencia.

Porque cuando los políticos comienzan a actuar como pandillas, cuando las instituciones se convierten en arenas de pleito, cuando el discurso público se llena de amenazas y cuando el país entra nuevamente en una etapa electoral cargada de odio, polarización y sospechas… entonces lo peligroso apenas comienza.

Y México ya conoce demasiado bien cómo terminan esos ambientes.

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