
El Mundial que nos retrató
Por momentos, durante estas últimas semanas, parecía que México era otro país.
Miles de personas llenando los Fan Fest, familias enteras disfrazadas con los colores de sus selecciones, extranjeros conviviendo con mexicanos en plazas, parques y estadios, conciertos multitudinarios, cerveza, música, abrazos entre desconocidos y una sensación de fiesta permanente que pocas veces se había visto.
Fue un fenómeno social que seguramente terminará siendo estudiado.
Porque resulta inevitable preguntarse qué ocurrió con una sociedad que normalmente vive preocupada por la inseguridad, por el tráfico, por el costo de la vida, por sacar adelante a la familia o por llegar a tiempo al trabajo, y que de pronto decidió hacer una pausa para vivir el Mundial como si cada partido fuera una celebración nacional.
No existe una sola respuesta.
Quizá el futbol tiene esa capacidad única de suspender, aunque sea por unas horas, las preocupaciones cotidianas. Quizá necesitábamos una excusa para volver a ocupar los espacios públicos. O quizá simplemente queríamos demostrarle al mundo que sabemos ser buenos anfitriones.
En Nuevo León el fenómeno fue todavía más evidente. El propio gobernador Samuel García bautizó esos días como el “modo party”, una expresión que terminó convirtiéndose en parte del lenguaje cotidiano durante la Copa del Mundo.
Las imágenes hablan por sí solas: parques llenos, conciertos gratuitos, miles de personas siguiendo los partidos en pantallas gigantes y una ciudad completamente volcada al futbol.
Ayer esa fiesta terminó para México.
El Tricolor jugó uno de sus mejores partidos del torneo, compitió de tú a tú contra Inglaterra, luchó hasta el último minuto, pero volvió a encontrarse con la realidad del futbol de élite.
Porque este deporte no premia las buenas intenciones ni el esfuerzo. Gana quien aprovecha sus oportunidades y convierte los goles. Inglaterra lo hizo y México, otra vez, se quedó en la orilla.
Mientras tanto, fuera de la cancha, el Mundial sigue dejando movimientos que también llaman la atención.
Uno de ellos fue el anuncio de la nueva alianza entre Tigres y Grupo Modelo, mediante la cual Corona se convirtió en patrocinador oficial del club a partir del Apertura 2026.
No deja de sorprender.
Durante décadas, para muchos aficionados, Tigres y la Cervecería Cuauhtémoc parecían formar parte de la misma identidad regiomontana. Era una relación que muchos daban por natural.
Hoy los tiempos cambiaron.
Los negocios evolucionan, las marcas buscan nuevos mercados y el futbol dejó hace mucho de ser únicamente un deporte para convertirse en una plataforma global de entretenimiento y consumo.
El acuerdo entre Sinergia Deportiva y Grupo Modelo no solamente llevará el logotipo de Corona a la camiseta felina; también contempla transformar la experiencia dentro del Estadio Universitario con tecnología, nuevos puntos de venta y servicios inspirados en los estándares que dejó la Copa del Mundo.
Es una señal de hacia dónde camina el futbol moderno.
Las tradiciones pesan, sí, pero las inversiones pesan todavía más.
Quizá ese sea uno de los grandes legados que dejará este Mundial: confirmar que el futbol sigue siendo capaz de cambiar el estado de ánimo de millones de personas, mover economías enteras y redefinir alianzas comerciales que hace algunos años parecían impensables.
El balón dejó de rodar para México, pero la conversación apenas comienza. Porque el Mundial no sólo se juega en la cancha. También se juega en la sociedad, en los negocios y en la manera en que entendemos un deporte que, nos guste o no, sigue siendo el mayor fenómeno cultural del planeta.





