
Trump, El Mayo y la FIFA: cuando llega la hora de demostrar autoridad
Hay momentos en los que las instituciones dejan de ser juzgadas por sus discursos y comienzan a ser evaluadas por sus decisiones. Ese momento parece haber llegado para el Gobierno de Estados Unidos, para la justicia norteamericana y también para la FIFA.
La administración de Donald Trump ha comenzado a enviar señales de que la revisión del T-MEC no será un simple trámite diplomático. La intención de endurecer las reglas comerciales y proteger la industria estadounidense representa un aviso para México, particularmente para estados como Nuevo León, cuya economía depende en gran medida de las exportaciones manufactureras y del sector automotriz. Si Washington modifica las reglas de origen, limita el acceso preferencial o endurece los requisitos para las cadenas de suministro, el impacto no se quedará en las estadísticas: alcanzará inversiones, empleos y competitividad. El reto para México no será únicamente defender un tratado comercial, sino demostrar que puede negociar desde una posición de fortaleza y no de dependencia.
En otro frente, la justicia estadounidense volvió a poner sobre la mesa una cifra que estremece. El decomiso por hasta 15 mil millones de dólares que busca imponer contra Ismael “El Mayo” Zambada no sólo representa una de las mayores acciones económicas emprendidas contra un líder del narcotráfico; también exhibe la dimensión del negocio criminal que durante décadas operó a ambos lados de la frontera. Estamos hablando de una fortuna superior a la economía anual de decenas de países. La pregunta inevitable es cómo una organización criminal pudo acumular semejante riqueza durante tantos años sin que las instituciones financieras, de inteligencia y de seguridad lograran detener ese flujo de dinero. Más que la cifra, lo verdaderamente alarmante es lo que revela sobre el tamaño del poder económico que alcanzó el crimen organizado.
Y mientras la política y la justicia enfrentan sus propias pruebas, el deporte tampoco escapa a ellas. La FIFA tendrá que decidir si su reglamento se aplica con la misma firmeza para todos. La celebración de varios jugadores argentinos con una manta que reivindica la soberanía de las Islas Malvinas colocó al organismo frente a un dilema que él mismo creó al prohibir expresamente cualquier manifestación política durante la Copa del Mundo. No está en discusión el sentimiento histórico de Argentina ni el complejo conflicto con el Reino Unido; lo que está en juego es la congruencia de la FIFA. Si en otras ocasiones ha sancionado expresiones políticas dentro del terreno de juego, ahora deberá demostrar que el reglamento no cambia dependiendo del prestigio de la selección involucrada o del peso comercial que represente.
Tres historias distintas, un mismo desafío. La credibilidad de cualquier institución se construye cuando las reglas se aplican sin excepciones, cuando la ley alcanza por igual a gobiernos, criminales y deportistas, y cuando las decisiones se toman con base en principios y no en conveniencias.
Porque al final, la autoridad no se mide por los discursos, sino por la capacidad de sostenerlos cuando llega el momento de actuar.




