
¿Quién gana, quién pierde y quién le habla al oído a la Presidenta?
El Congreso de Nuevo León acaba de hacer algo que en política pocas veces ocurre sin ruido: cambiar prácticamente todo sin cambiar formalmente de Legislatura.
PAN, PRI y Movimiento Ciudadano terminaron con 11 diputados cada uno. Morena se quedó con seis. Perla Villarreal regresó al PRI, Rocío Montalvo se fue al PAN y Francisco Del Bosque y Brenda Velázquez terminaron en Movimiento Ciudadano.
Todos tienen una explicación.
Todos tienen una justificación.
Y todos, curiosamente, dicen que lo hicieron pensando en su agenda, en sus convicciones y en Nuevo León.
Bueno.
La política también tiene esas coincidencias extraordinarias.
Lo cierto es que el tablero cambió justo cuando comenzó a calentarse el proceso electoral de 2027. Y aquí está lo interesante: el número puede empatarse, pero el poder no necesariamente se reparte en partes iguales.
El PAN sostiene que conserva la mayoría efectiva por el número de diputados electos por mayoría relativa. El PRI asegura que mantiene su posición estratégica en la COCRI. Movimiento Ciudadano creció y ahora tiene el mismo número de legisladores que sus dos principales adversarios.
Morena, mientras tanto, perdió piezas.
¿Quién gana?
Más que un ganador absoluto, lo que aparece es un Congreso donde cada voto adquiere mayor valor y donde las alianzas circunstanciales pueden terminar siendo tan importantes como las bancadas mismas.
¿Quién pierde?
La vieja comodidad de saber de antemano quién controla qué.
Y quizá ahí está el verdadero cambio.
Porque mientras los partidos acomodan diputados, el ciudadano observa una especie de mercado de posiciones políticas que difícilmente puede explicarse solamente con ideología.
Pero mientras en Nuevo León se acomodan las piezas, en Palacio Nacional apareció esta semana otro episodio que merece atención.
La Presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó al gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri, por la participación del embajador de Estados Unidos, Ronald Johnson, en el arranque de una academia de capacitación policial.
El argumento presidencial fue que este tipo de cooperación debía pasar por la Cancillería.
Y entonces apareció un documento.
Un oficio firmado por Kuri el 23 de septiembre y recibido por la SRE el 25, una semana antes del encuentro.
El documento demuestra que la visita del embajador sí fue comunicada a Relaciones Exteriores.
Pero también hay que decir lo que el documento no demuestra: no establece de manera expresa que la Cancillería hubiera sido informada de la ceremonia específica de colocación de la primera piedra de la academia.
Ahí está el detalle.
Y ahí está también la pregunta que da título a este editorial:
¿Quién le habla al oído a la Presidenta?
Porque una cosa es fijar una posición política y otra muy distinta es salir a afirmar públicamente que algo no fue comunicado cuando existe un documento que, al menos parcialmente, contradice esa afirmación.
No se trata de defender a Kuri.
Tampoco de cuestionar a Sheinbaum por cuestionar.
Se trata de algo mucho más elemental: antes de hablar, alguien tiene que revisar el expediente.
Alguien tiene que decir: “Presidenta, hay un oficio”.
Alguien tiene que explicar: “Sí se notificó la visita, aunque el documento no menciona la academia”.
Y alguien tiene que ayudar a distinguir entre lo que está probado, lo que falta por comprobar y lo que simplemente se está interpretando.
Porque gobernar no significa tener siempre la razón.
Gobernar también significa tener alrededor personas capaces de decirle al gobernante cuando los datos no cuadran.
Eso vale para Palacio Nacional.
Vale para el Congreso de Nuevo León.
Y vale para cualquier gobierno.
En el Congreso local, los diputados pueden cambiar de camiseta y las bancadas pueden empatarse en 11. Pero el verdadero equilibrio no debería depender solamente de quién suma un voto más.
Debería depender de quién tiene mejores argumentos, quién cumple las reglas y quién entiende que representar a la ciudadanía no es solamente ganar una negociación.
Y en Palacio Nacional ocurre exactamente lo mismo.
La pregunta no es si la Presidenta puede equivocarse.
Claro que puede.
La pregunta es si existe alguien suficientemente cercano —y suficientemente independiente— para decirle antes de una declaración pública:
“Presidenta, espérese. Revise este documento”.
Porque cuando nadie habla al oído del poder, el problema no es solamente que el gobernante pueda equivocarse.
El problema es que todos alrededor pueden terminar diciéndole que tiene razón.




