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Gerson Gómez

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Gente extraña, días extraños: el planeta enciende su hoguera y vende los cerillos

El mundo despierta con resaca. Los diarios lo gritan a ocho columnas, cada uno con su lupa y su pólvora. Sirvo café, enciendo la radio y dejo correr a Morrison. Su voz suena grave, como sermón de cantina. Afuera, el sol sale sin permiso. Adentro, las noticias llegan sin anestesia.

(Fondo sonoro: el órgano de Manzarek arrastra su niebla. Entra “People Are Strange”.)

Imagino las portadas. Time pondría un rostro solemne. The Wall Street Journal las llenaría de gráficas verdes y rojas. Los Angeles Times miraría hacia el sur con ojo curioso. El Universal las tiraría en letras de molde, para dar sensación de sentencia. Todas coinciden en algo: la política mundial vive su temporada de circo.

Madrid abre el telón. Pedro Sánchez disolvería hoy las Cortes. Convocaría urnas para el veintinueve de noviembre. Los independentistas tumbaron sus decretos de vivienda. El gobierno perdió la mayoría en un parpadeo. Prometieron techo para todos. Entregarán papeletas. La casa no llegó, pero el voto ya tiene domicilio fijo. España estrena melodrama de siete actos. El público, sentado en su sofá alquilado, ya conoce el final: otra campaña, otro cansancio.

(Suena “Break On Through”. La batería derriba una puerta.)

París cuenta su propio drama. Un bloqueo fiscal paraliza el presupuesto. Los diputados debaten cifras como borrachos debaten futbol. El euro paga la cuenta. Toca su peor nivel en diecisiete meses. La moneda cae con elegancia de baguette mojada. Los ciudadanos aprietan el cinturón. Los políticos aflojan el ego. Así gira la máquina: abajo se ahorra, arriba se declama.

Brasil huele tormenta. La Policía Federal investiga una posible injerencia de Estados Unidos en sus elecciones. La Abogacía General del Estado presentó la denuncia esta semana. Washington presume de exportar democracia. Ahora algunos sospechan de un envío con propina incluida. Brasilia responde con expediente en mano. Es el guion de siempre: el vecino del norte opina, aconseja, vigila y, según los suspicaces, hasta cuenta votos.

(Suena “Riders on the Storm”. Llueve dentro de la bocina.)

Caracas ofrece la nota tierna. Delcy Rodríguez, presidenta, ratifica su cariño por los animales en su día mundial. San Francisco de Asís aplaude desde las nubes. Los gatos de la nación respiran tranquilos. Los humanos aguardan turno en la misma fila de la ternura. La política latinoamericana siempre tuvo debilidad por las mascotas: ladran menos y jamás votan.

(Suena “Five to One”. La cuenta regresiva comienza.)

Wall Street baila con el casco puesto. El Nasdaq marca un máximo del día. Los operadores calculan menos de un veinticinco por ciento de probabilidad para otra alza de tasas en la Reserva Federal. Respiran aliviados. El barril de Brent ronda los ciento dos dólares. El automovilista americano mira la bomba como se mira un recibo de hospital. Las pantallas brillan en verde neón en Nueva York. Las carteras palidecen en gris en Dallas. La bolsa celebra, la quincena llora.

Si cediera al amarillismo, escribiría: “¡Europa se hunde, Brasil sospecha, Venezuela acaricia gatos!” Tipografía roja, tres signos de admiración, foto de un político con cara de susto. Vendería millones de ejemplares. Pero la integridad me jala del saco y me susurra una verdad menos jugosa: ningún apocalipsis llega de golpe. Llega en mensualidades, con intereses y sin derecho a réplica.

Nosotros, los mexicanos, miramos todo con ojo clínico. Conocemos la película completa. Hemos visto campañas eternas, monedas en picada y vecinos metiches. Nos sentimos veteranos de guerra con tarjeta de crédito. Cada noticia internacional nos llega como pariente lejano: trae maletas, opiniones y ninguna intención de irse.

(Suena “When the Music’s Over”. El órgano se apaga despacio.)

Morrison anunció los tiempos extraños con puntualidad de relojero suizo. Pidió fuego en 1967 y el planeta todavía espera el extinguidor. Madrid vota, París gasta, Brasilia investiga, Caracas acaricia, Nueva York cotiza. El mundo no se acaba. Se reprograma, se refinancia y se vuelve a convocar.

Apago la radio. Afuera, la ciudad sigue prendida. Nadie trae cubeta, todos traen cerillos. El telón cae como siempre. Aplausos, deudas y el órgano soñando en la oscuridad.