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Gerardo Ledezma

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Sueños de billones, leyes a la Maduro y la chequera que ya no estira

Mientras en Washington se habla con una ligereza casi caricaturesca de un “ejército soñado” valuado en 1.5 billones de dólares, en México el oficialismo parece decidido a importar no solo discursos grandilocuentes, sino también recetas políticas con aroma venezolano. Todo al mismo tiempo, como si el exceso fuera la nueva normalidad y la realidad un estorbo menor.

Donald Trump, fiel a su estilo de cifras estratosféricas, asegura que con aranceles mágicos Estados Unidos puede darse el lujo de inflar su presupuesto de defensa en más de 50 por ciento. Un sueño huajiro, pero al menos uno que se confiesa como tal: dinero, poder y músculo militar sin demasiadas explicaciones técnicas. Del otro lado del río Bravo, Morena ensaya su propio delirio, uno más ideológico que contable, al que Rubén Moreira ya le puso nombre y apellido: “Ley Maduro”.

El diputado priista no se anduvo con rodeos al advertir que la reforma electoral que se cocina desde el oficialismo huele más a golpe de Congreso que a modernización democrática. Acabar con la autonomía electoral, adelgazar a la oposición y borrar la representación proporcional no suena precisamente a innovación, sino a manual conocido, probado y fracasado. El mismo donde el poder se concentra, la disidencia se vuelve incómoda y el pluralismo estorba.

Moreira insiste en que no es casualidad. Cuando al país no le va bien, cuando la inflación aprieta y la violencia no cede, la tentación es mover las reglas del juego. Quitar financiamiento público a los partidos, advierte, no es austeridad, es abrir la puerta al dinero sucio o al club exclusivo de los oligarcas que deciden quién sí y quién no puede competir. Un Congreso dócil, con levantadedos disciplinados y discursos prefabricados, es el escenario ideal para ese modelo.

Y mientras en el plano internacional se discuten billones imaginarios y reformas de vocación autoritaria, en Nuevo León la realidad aterriza de golpe: Carlos Garza ya se fue de la Tesorería. El reconocimiento a su gestión vino envuelto en aplausos, rosca y buenos deseos, pero la pregunta incómoda queda flotando en el aire. Más allá de la estabilidad presumida, ¿hasta dónde le alcanza la liga financiera al estado? ¿Cuánto más se puede estirar la deuda sin que truene?

La llegada de Ulises Carlín ocurre en un momento donde los discursos optimistas conviven con compromisos costosos: Mundial, infraestructura, seguridad, parques, aeropuertos y promesas de seguir siendo “primer lugar en todo”. Suena bien, casi tanto como el ejército soñado de Trump o la democracia “reformada” o mejor dicho disfraza que pretende Morena. La diferencia es que aquí la chequera sí tiene fondo y los ciudadanos, tarde o temprano, pasan la cuenta.