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Gerardo Ledezma

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Cuando la bota ya no distingue color: del ICE, Trump y los pleitos que revientan en casa

No deja de ser irónico —y hasta grotesco— que en el país que presume libertades hoy las balas ya no distingan acento ni color de piel. En Minneapolis, una mujer blanca, Renee Nicole Good, cae abatida por un agente de ICE y, de pronto, el problema ya no es “de los otros”. La violencia institucional que durante años se normalizó contra morenos, migrantes y apellidos incómodos, ahora estalla en el corazón del vecindario blanco y provoca protestas, fricciones y un nerviosismo político que ya cruzó fronteras.

Las autoridades locales hablan de uso excesivo de la fuerza, mientras desde Washington se recita el viejo libreto de la legítima defensa. El guion es conocido: primero se dispara, luego se justifica. Lo novedoso es el rostro de la víctima. Ya no es hispana, no es migrante, no es pobre. Y eso, para muchos, cambia el tono del escándalo. Tan es así que en redes y calles ya no faltan quienes señalan a estos agentes como “hijos del Reich”, reflejo de una prepotencia que dejó de esconderse bajo el uniforme.

La bronca, por supuesto, no se queda en Minneapolis. Este tipo de episodios son dinamita pura para Donald Trump, que empieza a cosechar dentro de casa lo que sembró con su discurso de mano dura, fuerza bruta y orgullo mal entendido. Cuando el abuso se vuelve política pública, tarde o temprano se vuelve ingobernable.

Por si fuera poco, el propio Trump avivó la hoguera internacional al ser cuestionado sobre si su gobierno contempla acciones similares a las emprendidas contra Venezuela. Su respuesta fue tan brutal como reveladora: que no se puede ejercer mucha más presión que “ir y destruir el lugar”. Cuba, dijo, pende de un hilo. Del otro lado, La Habana respondió con la épica de siempre: que el pueblo está dispuesto a dar la vida. Aunque la realidad —esa que no cabe en discursos— es que desde hace años el hambre pesa más que la consigna y los dictadores suelen huir mejor de lo que resisten.

Y mientras el mundo se sacude entre balazos, amenazas y discursos incendiarios, en Nuevo León el pleito también está servido, aunque sin uniformes ni rifles. El gobernador Samuel García vetó el Presupuesto 2026 y, contra lo que muchos creen, asegura que no se trata de chiflazón ni capricho. Dice que lo obligaron. Que tocaron programas sociales, que desvistieron a Igualdad e Inclusión y que jugaron con el dinero del Metro como si no hubiera consecuencias legales ni compromisos firmados.

El mensaje es claro: moverle al presupuesto sin entender los amarres puede costar demandas, amparos y otro episodio de caos institucional. García pide altura de miras, jalar parejo y no convertir el Mundial que se avecina en un circo político más. Incluso ofrece bajar la deuda. Lo que no está dispuesto es a pagar los platos rotos de un Congreso que, según él, metió mano donde no debía. Desde luego, hay quiénes creen que pronto Samuel utilizará al que ha sido su arma fuerte en sus últimas negociaciones como lo es Miguel Ángel Flores actual secretario de Gobierno, y se cree , qué él, pueda remediar y llevar a buen puerto los posibles acuerdos, entre Estado y Congreso.