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Gerardo Ledezma

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Petróleo regalado, soberanía de discurso y la realidad que brota del monte

Hay días en que la política exterior y la seguridad nacional parecen un ejercicio de malabarismo retórico. Se habla de soberanía, de dignidad y de principios, mientras la realidad —terca y sin ideología— se empeña en desmentir el discurso oficial.

Primero está el petróleo. México, país con finanzas públicas presionadas y una empresa productiva del Estado que no nada precisamente en abundancia, sigue enviando crudo a Cuba. Gratis o casi. Y no lo decimos nosotros: lo confirma el propio secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, al señalar que Washington “permite” que México siga abasteciendo a la isla, aun cuando Donald Trump amenaza con dejar a La Habana sin una gota. La paradoja es brutal: Estados Unidos aprieta, México afloja y Cuba respira… mientras los mexicanos pagamos combustibles caros y subsidios eternos.

La narrativa se adorna con frases nobles: solidaridad, hermandad latinoamericana, historia compartida. Pero en el fondo queda la pregunta incómoda: ¿por qué México sigue cargando con el costo de sostener a un régimen que no logra alimentar ni energizar a su propio pueblo? Y más aún, ¿por qué la presidenta Claudia Sheinbaum se ofrece como “vehículo de comunicación” entre Washington y La Habana, cuando en casa seguimos sin resolver nuestros propios incendios?

El segundo acto de este teatro es el diálogo con Estados Unidos. O mejor dicho, el eterno estira y afloja entre cooperación y soberanía. La presidenta asegura que no habrá intervención militar estadounidense en México, que eso “no está sobre la mesa”, que la llamada con Trump fue breve y cordial. Todo muy correcto, todo muy institucional. Pero mientras se insiste en que “estamos muy bien”, el vecino del norte vuelve una y otra vez sobre el mismo tema: los cárteles, la droga, el fentanilo que cruza la frontera.

Aquí la soberanía se defiende con palabras, no con resultados contundentes. Se rechazan tropas, se rechaza ayuda armada, se rechaza cualquier cosa que huela a injerencia. Pero lo que no se rechaza —o no se logra erradicar— es el poder real del crimen organizado en amplias regiones del país.

Y entonces llegamos al tercer tema, el más incómodo de todos: la realidad que contradice años de propaganda. Porque mientras el expresidente López Obrador juraba que ya no había narcotráfico, que los plantíos eran cosa del pasado, que con “abrazos, no balazos” se estaba pacificando al país, la tierra sigue dando frutos… pero no precisamente maíz.

La Secretaría de Marina acaba de destruir 32 plantíos de amapola en Nayarit. Treinta y dos. Más de tres millones de plantas. Cientos de toneladas. Todo localizado entre el 8 y el 10 de enero. ¿En qué momento dejaron de existir? ¿Cuándo se acabó la droga que, según el discurso oficial de ayer, ya no se producía? La respuesta es evidente: nunca desapareció. Solo se negó.

La amapola sigue creciendo, los laboratorios de fentanilo siguen apareciendo y el crimen organizado sigue operando, mientras se insiste en que el problema ya estaba resuelto. La diferencia es que ahora la realidad ya no solo contradice al pasado, sino que alcanza al presente.

Así estamos: regalando petróleo al extranjero, defendiendo soberanías con discursos y descubriendo, una vez más, que el narco no se fue, que la droga no desapareció y que los problemas no se resuelven repitiendo frases ingeniosas desde Palacio Nacional. Porque la realidad, aunque incomode, no se tapa con ideología. Y mucho menos con abrazos.

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