
La 68ª edición de los Premios Grammy fue, más que una ceremonia de premios, un termómetro del clima social que atraviesa a Estados Unidos y, de rebote, al mundo. Hubo lentejuelas, discursos de agradecimiento y alfombra roja, sí. Pero también hubo consignas, incomodidad en los palcos y artistas que decidieron no quedarse callados. La música, una vez más, salió del escenario para meterse de lleno en la conversación pública.
Bad Bunny fue el gran protagonista de la noche. El puertorriqueño se llevó el Grammy a Álbum del Año por “Debí tirar más fotos”, coronando una temporada de dominio que lo mantiene en la cima del pop global. Pero el momento que marcó la ceremonia no fue solo su triunfo musical, sino el mensaje que soltó al micrófono: un reclamo frontal contra las redadas migratorias y el endurecimiento de las políticas impulsadas por la administración de Donald Trump. El silencio incómodo en la sala duró segundos; el eco en redes, horas.
“No somos salvajes, no somos animales, no somos extraterrestres. Somos humanos”, dijo Bad Bunny ante una audiencia que mezclaba ejecutivos de la industria con artistas que asentían en silencio. La frase se volvió consigna digital en cuestión de minutos. El artista no se limitó a la denuncia: insistió en que el odio no se combate con más odio, sino con amor, en un discurso que buscó desmarcarse del tono incendiario que domina la política actual.
No estuvo solo. Billie Eilish, al recibir el premio a Canción del Año por “Wildflower”, reforzó el mensaje con una frase que no pasó desapercibida: “Nadie es ilegal en tierra robada”. La ovación fue tan fuerte como las críticas en redes conservadoras. La gala, sin proponérselo, terminó convertida en un foro político de alto impacto mediático.
“No one is illegal on stolen land… F*ck ICE”
— Ounka (@OunkaOnX) February 2, 2026
— Billie Eilish accepting Song of the Year at the #GRAMMYs pic.twitter.com/H9zRiIJ8UR
En el plano musical, Kendrick Lamar confirmó su estatus de figura histórica. Con “GNX” se llevó el Grammy a Mejor Álbum de Rap, sumando otro trofeo a una carrera que ya compite en cifras con leyendas del género. Además, junto a SZA, ganó Grabación del Año por “Luther”, una pieza que rinde tributo a Luther Vandross y que funcionó como puente entre generaciones del R&B y el hip hop.
El reconocimiento a nuevos talentos también tuvo su carga simbólica. Olivia Dean fue nombrada Mejor Nueva Artista y aprovechó su discurso para hablar de sus raíces familiares y del papel de la migración en su historia personal. En una noche dominada por discursos políticos, su intervención aportó una nota íntima que conectó con el tema de fondo: la identidad en tiempos de fronteras duras.
La ceremonia no dejó de lado los momentos clásicos del espectáculo. Lady Gaga celebró su triunfo en Álbum Pop Vocal con una defensa del trabajo disciplinado y la creatividad como acto de resistencia. Jelly Roll, desde el country contemporáneo, se abrió emocionalmente al hablar de su pasado y de cómo la música le permitió recomponer una vida rota. Cher, con un premio honorífico, recordó que la permanencia en la industria no es un cuento de hadas, sino una carrera de resistencia.
En el terreno latino, la noche confirmó que el español dejó de ser un “invitado exótico” en los Grammy. Natalia Lafourcade, Carin León y Gloria Estefan se sumaron a la lista de ganadores en categorías específicas, consolidando una presencia que ya no depende de modas, sino de una industria que se ha vuelto inevitablemente bilingüe.
Al final, los Grammys 2026 dejaron claro que la música ya no se conforma con entretener. En un país polarizado, la gala funcionó como espejo de tensiones sociales, y los artistas —para bien o para mal— asumieron un rol que trasciende el escenario. Bad Bunny se fue con el Álbum del Año bajo el brazo; la industria, con la confirmación de que el espectáculo, hoy más que nunca, también es territorio de disputa política.
La pregunta que queda flotando no es quién ganó más estatuillas, sino hasta dónde llegará esta nueva era de premiaciones convertidas en tribuna. Porque, por lo visto, el Grammy ya no es solo una fiesta: es un micrófono abierto en medio del ruido.
Ozzy “El Grande”
La noche también tuvo espacio para la memoria y el duelo. El segmento In Memoriam se convirtió en uno de los momentos más emotivos de la ceremonia, al rendir homenaje a las figuras de la industria musical que fallecieron en el último año. El nombre de Ozzy Osbourne resonó con fuerza en el Crypto.com Arena, donde el silencio pesó más que cualquier aplauso.
Post Malone y Slash subieron al escenario para recordar al eterno vocalista de Black Sabbath con una interpretación que puso la piel de gallina. En primera fila, Kelly y Jack Osbourne, junto a su madre Sharon, apenas pudieron contener las lágrimas. No era un simple tributo televisado: era la despedida pública a una de las figuras más irreverentes, influyentes y contradictorias que ha dado la historia del rock.
Ozzy Osbourne murió el 22 de julio de 2025, a los 75 años, en su casa de Jordans, Buckinghamshire, en el Reino Unido. Se fue como vivió: rodeado de su gente, tras una vida marcada por los excesos, la genialidad, la polémica y una resistencia casi inhumana. En los últimos años enfrentó el Parkinson y complicaciones cardíacas, pero su figura nunca dejó de ser referencia obligada cuando se habla de la construcción del rock moderno.
El homenaje no solo recordó al músico, sino al mito. A ese personaje que cruzó generaciones, que pasó del escándalo al respeto, del caos a la leyenda. En medio de una gala cargada de discursos políticos, posicionamientos sociales y celebraciones de la industria, el tributo a Ozzy Osbourne sirvió como recordatorio de algo más profundo: la música sobrevive a sus creadores, pero hay voces que, incluso en el silencio, siguen rugiendo.
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