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Seahawks convierten el Super Bowl en exhibición y dejan sin respuesta a Patriots

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Santa Clara, California. — La final de la NFL tuvo un solo dueño. Los Seattle Seahawks se proclamaron campeones del Super Bowl LX tras vencer 29-13 a los New England Patriots en el Levi’s Stadium, en un partido donde la defensa fue el arma letal que inclinó la balanza desde el primer cuarto y convirtió la noche en una pesadilla para la ofensiva de Nueva Inglaterra.

Desde la patada inicial quedó claro que Seattle había salido a morder. La presión sobre Drake Maye fue constante, asfixiante, y la defensiva dirigida por Mike Macdonald desarticuló cada intento de los Patriots por tomar ritmo. El mariscal de campo nunca encontró comodidad en la bolsa de protección: capturas tempranas, lecturas apresuradas y pases forzados marcaron el guion de un ataque que pasó más tiempo sobreviviendo que construyendo series ofensivas.

La secundaria de los Seahawks cerró espacios, borró receptores y obligó a Maye a prolongar jugadas que terminaban, casi siempre, en golpes detrás de la línea. Con el paso de los minutos, el dominio se volvió físico y mental. La línea defensiva ganó duelos, los apoyadores llegaron a tiempo y la presión se convirtió en un mensaje claro: el trofeo no iba a salir de Seattle.

El golpe definitivo llegó cuando la defensiva coronó su exhibición con una anotación que terminó de romper el ánimo de los Patriots. El estadio explotó, la banca de los Seahawks se encendió y el partido tomó rumbo irreversible. Lo que ya era una ventaja cómoda se transformó en una sentencia.

En ofensiva, Seattle no necesitó fuegos artificiales. Con un juego aéreo intermitente, el peso del ataque recayó en Kenneth Walker III, quien se adueñó del ritmo del partido con carreras pacientes y explosivas. El corredor encontró huecos, castigó por fuera y mantuvo a la defensiva rival en el campo durante lapsos prolongados. Cada avance por tierra era una forma de desgastar, de enfriar cualquier intento de reacción del rival y de acercar a los Seahawks al título.

Mientras tanto, la defensiva de los Patriots resistió lo que pudo. En la primera mitad logró mantener el marcador apretado, forzando errores y presionando al mariscal de campo rival. Hubo jugadas oportunas en cobertura y golpes a tiempo que evitaron que el juego se rompiera antes del descanso. Sin embargo, el problema estaba del otro lado del balón: la ofensiva de Nueva Inglaterra no respondió. Las series se esfumaron rápido, los primeros y dieces fueron escasos y el equipo se quedó sin oxígeno conforme avanzó el encuentro.

El desenlace terminó de escribirse en el último cuarto. Con el rival ya contra las cuerdas, Seattle administró el reloj, sumó puntos con el pie de Jason Myers y cerró la noche con autoridad. El pateador fue un factor constante, capitalizando cada oportunidad y convirtiéndose en una pieza clave en un duelo donde cada posesión contaba.

Cuando sonó el silbatazo final, el mensaje fue contundente: Seattle no ganó por un destello, sino por imponer su identidad en las tres fases del juego. Defensa dominante, ataque terrestre paciente y equipos especiales eficientes. El Lombardi volvió a teñirse de azul y verde en una noche que confirmó que el campeonato se gana con carácter, colmillo y, sobre todo, con una defensa que sabe convertir la presión en gloria.

Especial-eitmedia.mx

Foto: https://x.com/Seahawks