
Cuando la negligencia también mata
¿Qué le hicimos los mexicanos a las nuevas administraciones para merecer este trato? ¿En qué momento normalizamos que una muerte infantil se archive en un cajón durante meses, como si el tiempo pudiera borrar la responsabilidad? Una bebé murió en diciembre por sarampión en la capital del país y la confirmación llegó hasta ahora, informada por Nadine Gasman, titular de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México, con la frialdad de quien entrega un dato técnico, no una tragedia que desnuda la fragilidad de un sistema que presume control mientras deja cabos sueltos que cuestan vidas.
Nos dicen que el caso “apenas se confirmó”. Qué alivio. No para la familia, claro, pero sí para la burocracia, que encontró la manera elegante de patear la lata. La enfermedad estaba prácticamente erradicada. Lo repetimos porque duele: prácticamente erradicada. Pero la prevención cuesta, las vacunas cuestan, las campañas cuestan, y parece que en la balanza del gasto público la salud infantil pesa menos que la comodidad administrativa. Hoy el ahorro de ayer se convierte en el lastre de hoy, y el lastre, en un riesgo para todos.
El discurso oficial intenta tranquilizar con números y recorridos escolares, con observaciones epidemiológicas que convierten a las personas en expedientes en espera de cierre. Se nos pide calma, se nos invita a “protegernos”, como si la responsabilidad individual pudiera suplir la obligación del Estado de anticiparse al brote, de cerrar filas antes de que la estadística se cobre otra vida. El cubrebocas se vuelve sugerencia, la vacunación se presume como trámite ya hecho, y la realidad se filtra por las grietas de un sistema que reacciona tarde y comunica peor.
La ironía es cruel: celebramos haber contenido enfermedades durante décadas y, en el mismo gesto, aceptamos su regreso con la resignación de quien cree que lo inevitable siempre fue inevitable. No lo era. La negligencia también mata, aunque no salga en los partes oficiales con esa palabra. Mata cuando se recorta, cuando se minimiza, cuando se oculta el problema hasta que el silencio ya no alcanza para taparlo.
Hoy no es solo una cifra la que incomoda. Es la pregunta que queda flotando en el aire: ¿cuántas alertas más necesitamos para entender que la salud pública no es un lujo presupuestal ni una narrativa para conferencias? Mientras tanto, el costo de mirar hacia otro lado lo pagan los que menos pueden defenderse. Y nosotros, como sociedad, seguimos aceptando la versión disfrazada de la tragedia, como si el tiempo, la retórica y la estadística pudieran tapar una negligencia que se dejó crecer.




