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Gerardo Ledezma

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La caída del capo y el reino de las versiones: cuando la realidad compite contra el rumor

La semana dejó una escena que hace apenas unos años habría parecido imposible: la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, provocó menos silencio que ruido. Mucho ruido. Porque mientras las autoridades intentaban explicar lo ocurrido, el país entero parecía vivir otra batalla paralela, no en las calles sino en los teléfonos celulares, donde la verdad corría varios pasos detrás de la imaginación colectiva.

El estudio presentado por el Tecnológico de Monterrey reveló algo que resulta tan alarmante como irónico: entre 200 y 500 noticias falsas circularon en apenas 48 horas tras el operativo. Aeropuertos supuestamente tomados, ciudades en llamas inexistentes y videos manipulados lograron más alcance que los reportes oficiales. La desinformación no sólo acompañó al operativo; prácticamente lo escoltó.

Desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum insistió en que hubo coordinación institucional para contener rumores, aunque el episodio dejó claro que hoy los gobiernos no sólo enfrentan al crimen organizado, sino también a la velocidad con la que se fabrica el miedo digital. Y ahí surge la sorpresa: se abatió a uno de los hombres más buscados del continente, pero el país terminó discutiendo si era verdad lo que estaba viendo.

Porque incluso los análisis internacionales bajaron el entusiasmo. El académico chino Pan Deng, citado por el diario Global Times, recordó con fría lógica que eliminar a un líder criminal no significa desmontar la estructura que lo sostuvo durante años. La demanda de drogas en Estados Unidos permanece intacta y, con ella, el negocio que alimenta la violencia regional. Traducido sin diplomacia: el golpe es importante, pero el problema sigue respirando.

Mientras México lidiaba con incendios reales y virtuales —incluidos ataques contra sucursales del Banco del Bienestar en Jalisco—, al otro lado del Atlántico el escándalo volvía a sacudir a la monarquía británica. En el Reino Unido, el nombre del príncipe Andrés reapareció ligado a nuevas acusaciones por presunto uso indebido de su posición oficial y vínculos con el financiero Jeffrey Epstein. Documentos, cartas y advertencias internas que incluso habrían llegado al rey Carlos III dibujan una crisis que mezcla privilegio, poder y descrédito institucional.

Así, en cuestión de días, el mundo ofreció dos postales contrastantes pero inquietantemente similares: un narcotraficante cuya caída no garantiza el fin del crimen y una realeza atrapada por sus propios excesos. En ambos casos, la confianza pública parece ser la verdadera víctima.

Tal vez lo más sorprendente no sea la violencia, ni los escándalos, ni siquiera las operaciones de alto impacto. Lo verdaderamente desconcertante es comprobar que, en la era de la hiperconectividad, la verdad necesita más protección que nunca. Porque hoy, después de cada operativo, cada filtración o cada arresto, la pregunta ya no es qué ocurrió… sino cuál de todas las versiones decidiremos creer. O no, porque francamente también hemos de culpar a la vocería por callar y esperar determinado tiempo para dar a conocer una parte. En fin cada vez más jodidos.

Por cierto, estoy a la espera de la apertura de los archivos de los Estados Unidos en razón de conocer la verdad sobre la existencia de seres de otros mundos. ¿será? Los mantendré informados. Aunque prefiero mejor pedir informes primeramente, sobre los diputados federales y senadores de Nuevo León, que tanto participan o si al menos asisten.