
Entre olvido, simulación y miedo: tres realidades que exhiben la fragilidad del sistema
Mientras en distintas latitudes se repiten historias que deberían estar superadas, la realidad insiste en recordarnos que la memoria colectiva es frágil… o convenientemente selectiva.
Ahí está el caso de Keiko Fujimori, encabezando preferencias electorales en Perú, como si el apellido no cargara el peso de uno de los capítulos más oscuros de la política latinoamericana. El legado de Alberto Fujimori no es menor: corrupción, autoritarismo y violaciones graves a derechos humanos. Y aun así, la historia parece diluirse en el tiempo, como si las nuevas generaciones o incluso quienes lo vivieron decidieran mirar hacia otro lado. La pregunta es inevitable: ¿realmente se perdona o simplemente se olvida?
En México, mientras tanto, el discurso avanza —al menos en el papel—. El Senado de la República finalmente aprueba una reforma para combatir el feminicidio, un delito que por años ha sido tratado con criterios dispares en todo el país. La iniciativa impulsada por Claudia Sheinbaum busca homologar leyes, sanciones y mecanismos de investigación. Suena bien. Suena necesario. Pero también suena tardío.
Porque mientras se legisla, las cifras siguen creciendo, los casos se acumulan y las familias siguen exigiendo justicia. La duda no es si la reforma es correcta —lo es—, sino si llegará a tiempo para frenar una crisis que desde hace años dejó de ser advertencia para convertirse en tragedia cotidiana.
Y en lo local, la realidad golpea con una crudeza distinta, pero igual de preocupante. Un policía en San Pedro presencia una ejecución —cinco disparos, un acto directo, brutal— y no interviene. Hoy está bajo investigación de la Fiscalía General de Justicia.
Sí, es su deber actuar. Sí, la ley es clara. Pero también es cierto que enfrentarse a una ejecución con tintes de crimen organizado no es una escena cualquiera. No es un robo menor ni una falta administrativa. Es el tipo de momento en el que la línea entre el deber y la supervivencia se vuelve peligrosamente delgada.
Aquí no hay espacio para simplismos. ¿Falló el elemento? ¿O el sistema que lo deja solo ante un escenario que parece más propio del crimen organizado que de una ciudad que presume seguridad? Porque exigir valentía sin garantizar condiciones es, en el fondo, una forma de abandono institucional. La verdad, vaya a saber que vio o no quiso ver el elemento…pero escuchar cinco balazos perpetradas hacia un ser no es cosa fácil.
Tres escenarios, tres realidades… pero un mismo hilo conductor: la fragilidad de instituciones frente a la memoria, la justicia y la seguridad.




