
Aire soy al Aire, del viento no.
Fue el mejor secreto guardado. Lo decidieron usar una noche antes. Destruir la glorieta del llamado “Ángel de la Independencia” regiomontano amaneció con ese sol indecente: acusa. En Monterrey, la luz no cae, interroga. Y ese día parecía preguntar —con la persistencia de un cobrador, a quien demonios se había hecho con cincuenta millones de pesos para terminar, meses después, en una demolición ceremonial, tenía más de exorcismo, a obra pública.
Porque eso fue: un exorcismo. Uno caro, burocrático, con casco blanco y discurso institucional.
La glorieta, durante meses fue vendida como una reinterpretación simbólica del Arco del Triunfo y una especie de eco tropical de la Tumba del Soldado Desconocido, nunca logró decidir si era monumento, escenografía o error de cálculo. Un híbrido, como esos animales mitológicos. Nadie recuerda con claridad pero todos juran haber visto en una pesadilla presupuestaria.
Cincuenta millones de pesos. La cifra flota en el aire como una mosca persistente. Nadie la dice en voz alta sin bajar el volumen, como si el número pudiera ofenderse y exigir comprobantes.
La maquinaria ya estaba ahí, estacionada con esa paciencia ominosa de los instrumentos diseñados para borrar. Obreros con chalecos fosforescentes, funcionarios con gafas oscuras, asesores con teléfonos en la mano como si estuvieran esperando instrucciones del más allá. Y, por supuesto, los curiosos: esa fauna urbana se alimenta de cualquier espectáculo gratuito, sobre todo si incluye destrucción.
La glorieta, en su breve vida, había sido todo menos lo pretendido. Fue fondo de selfies, punto de referencia impreciso, tema de conversación en sobremesas donde el sarcasmo circula mejor al vino. Parece de Las Vegas, pero sin el presupuesto, dijo alguien alguna vez. Nadie lo contradijo.
Y entonces apareció él.
Adrián de la Garza llegó con un martillo. No uno simbólico, no uno pequeño para la foto. Un martillo de verdad. Pesado, contundente, innecesariamente dramático. El tipo de herramienta, en otras circunstancias, uno asociaría con la demolición de certezas o la construcción de narrativas, pero aquí servía para algo más sencillo: golpear piedra cara.
Lo acompañaba su séquito. Funcionarios, asesores, operadores políticos, todos orbitando alrededor de su figura como si el acto de romper concreto tuviera implicaciones cósmicas. Entre ellos, Melissa Segura y Alejandro Rodríguez, rostros en otro contexto podrían haber estado inaugurando exposiciones o hablando de identidad cultural, pero ahora asistían —con dignidad institucional— a la autopsia de un monumento que aún no terminaba de enfriarse.
El alcalde levantó el martillo.
Hubo un silencio breve, casi respetuoso. Como si todos entendieran estaban presenciando un momento histórico o, al menos, algo quien intentaría vender como tal.
El golpe cayó.
No fue épico. No fue cinematográfico. Fue torpe, humano, ligeramente incómodo. El martillo impactó la superficie con un sonido seco, poco espectacular. No hubo grietas inmediatas, no hubo revelaciones. Solo un golpe. Uno más.
Pero eso bastó.
Las cámaras captaron el momento. Los fotógrafos dispararon ráfagas como si documentaran una guerra menor. El acto estaba consumado: el alcalde había iniciado la destrucción, meses antes, su propia administración jamás había ayudado a justificar.
El resto ya era trámite.
Las máquinas comenzaron su trabajo con la eficiencia impersonal de quienes no tienen explicación de nada. El concreto cedía sin drama, como si supiera nunca tuvo razón de ser. Fragmentos caían, polvo se levantaba, la glorieta empezaba a deshacerse en partes más honestas: escombros.
Observé la escena con la distancia solo permite el cinismo bien entrenado. Porque aquí no había tragedia. Había ironía. Una ironía cara, documentada, institucionalizada.
Cincuenta millones para construir algo sin convencimiento.
Cincuenta millones para luego destruirlo.
Un ciclo perfecto. Un sistema cerrado. Una coreografía de recursos públicos vista desde cierta perspectiva, tenía la elegancia de un mal chiste contado con demasiada seriedad.
Escuché conversaciones a mi alrededor.
“Era necesario”, decía alguien. “Se va a hacer algo mejor”, aseguraba otro. “Es parte de un proyecto más grande”, concluía un tercero, con esa fe solo tienen quienes no pagan directamente las decisiones.
Las palabras flotaban, huecas, intercambiables. Podrían haber sido dichas en cualquier otro contexto, sobre cualquier otra obra. Porque en el fondo no importaba la glorieta. Importaba el relato. Y era claro: corregir, avanzar, transformar. Palabras, en Monterrey, suelen significar gastar dos veces.
Miré de nuevo al alcalde. Adrián de la Garza no parecía incómodo. Al contrario. Había en su postura una seguridad solo se obtiene cuando uno entiende la política no se trata de coherencia sino de oportunidad. Hoy se destruye lo de, mañana se inaugurará algo nuevo, y así sucesivamente, en un loop no busca soluciones sino permanencia.
Porque, al final, esto no era sobre una glorieta. Era sobre poder.
Sobre la posibilidad —cada vez más cercana, según sus propios cálculos— de suceder a Samuel García. Sobre ocupar un lugar más alto en esa pirámide donde las decisiones cuestan millones y las consecuencias se diluyen en comunicados de prensa.
Y en esa misma ecuación aparecía, inevitablemente, Mariana Rodríguez. Presencia ausente, sombra constante, recordatorio de en esta ciudad la política y el espectáculo ya no son disciplinas separadas sino géneros híbridos. Ella, ya había probado el sabor amargo de una derrota electoral, flotaba en el ambiente como una advertencia o una promesa, dependiendo del ángulo.
La demolición continuaba.
Cada golpe de la maquinaria era una pequeña confesión. Un reconocimiento tácito de algo había fallado. Pero en lugar de asumirlo como error, se convertía en acto de renovación. Porque en la narrativa oficial no hay equivocaciones, solo etapas.
Melissa Segura observaba con atención. Había en su expresión algo difícil de descifrar. Tal vez cálculo, tal vez resignación, tal vez esa mezcla incómoda surge cuando la cultura se ve obligada a convivir con la política en su versión más cruda. ¿Cómo se justifica una obra nace para ser demolida? ¿Cómo se traduce eso en términos de identidad, de patrimonio, de memoria?
No hay respuesta fácil.
Alejandro Rodríguez, por su parte, mantenía esa compostura administrativa convierte cualquier desastre en un procedimiento. Porque si algo sabe hacer la burocracia es sobrevivir a sus propias decisiones.
El polvo comenzaba a cubrirlo todo. La glorieta, alguna vez aspiró a ser símbolo, se convertía en una nube gris no representaba nada excepto su propia desaparición.
Pensé en París. En el Arco del Triunfo, en su peso histórico, en su permanencia. Pensé en la Tumba del Soldado Desconocido, en la solemnidad de su flama eterna. Y luego volví a Monterrey, a esta versión acelerada, tropicalizada, donde los símbolos se construyen con prisa y se destruyen con aún más prisa.
La comparación era, desde el inicio, absurda. Y, sin embargo, ahí estaba. Convertida en concreto, en presupuesto, en discurso.
La gente seguía llegando. Algunos grababan con sus teléfonos, otros comentaban en voz alta, otros simplemente miraban. Había algo hipnótico en ver caer algo, en teoría, debía durar.
Un niño preguntó por qué lo estaban rompiendo.
Nadie le respondió con claridad. Porque la respuesta real, se equivocaron, gastaron demasiado, ahora intentan corregirlo sin admitirlo, no cabe en una explicación sencilla. Es más fácil decir se está mejorando.
Siempre se está mejorando. Siempre se está corrigiendo. Siempre se está avanzando hacia algo que nunca termina de llegar. La glorieta ya era irreconocible. Lo quedado era un montón de fragmentos sin narrativa. Y, sin embargo, en ese estado era más honesta. Porque ya no pretendía ser símbolo de nada.
Solo era lo que era: restos.
El acto oficial terminó sin ceremonia. No hubo corte de listón, no hubo aplausos. Solo el ruido constante de la maquinaria y la dispersión gradual de la gente. El espectáculo había cumplido su función. Me quedé un rato más.
Observando cómo el espacio se vaciaba, cómo el polvo se asentaba, cómo la ciudad retomaba su ritmo indiferente. Porque Monterrey tiene esa capacidad: absorberlo todo, procesarlo rápido, seguir adelante como si nada hubiera pasado.
Pero algo sí había pasado.
Cincuenta millones de pesos habían sido transformados en una lección. No necesariamente aprendida, pero sí visible. Una lección sobre la velocidad con la se toman decisiones, sobre la facilidad con la se justifican, sobre la rapidez con la se olvidan.
Salí de la glorieta —o de lo quedado de ella— con esa sensación familiar: la de haber sido testigo de algo que, en otro contexto, sería escandaloso, pero aquí se integra con naturalidad al paisaje.
Porque en Monterrey, la normalidad incluye estas escenas.
La destrucción de lo recién construido. La celebración de lo efímero. La inversión en símbolos que no resisten el tiempo ni la crítica. Y, por supuesto, la narrativa que lo sostiene todo.
Esa narrativa convierte errores en estrategias, gastos en inversiones, demoliciones en oportunidades.
Esa narrativa permite que un alcalde levante un martillo y golpee la obra de su antecesor sin nadie, realmente, se sorprenda.
Caminé un poco más, alejándome del ruido. Pensé en la palabra “independencia”. En lo significado, en lo que implica. Y en cómo, en este caso, había sido reducida a una estructura no logró sostenerse ni física ni simbólicamente.
Tal vez esa es la lección más honesta de todo esto. Que no todo lo que se construye merece permanecer. no todo lo inaugurarse merece celebrarse. No todo lo que se destruye merece ser olvidado. Pero también, en este sistema, la memoria es corta y el presupuesto es largo. Así, entre escombros y discursos, Monterrey siguió adelante.
Como siempre. Con la certeza —o la sospecha— de lo próximo ya está en camino.
Probablemente más caro. Probablemente más ambicioso. Probablemente destinado al mismo final. Y ahí estaremos. Mirando. Anotando. Sonriendo con ese cinismo. Ya no es defensa, sino costumbre. Porque alguien debe contar la historia. Aunque la historia, como la glorieta, no termine de sostenerse por sí sola.




