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Gerson Gómez

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San Pedro Garza García: Estética del control, ansiedad con moño

En San Pedro Garza García el aire tiene esa textura invisible del dinero: no huele, pero pesa. Se siente en la forma de los autos antes del paso peatonal —no por cortesía, sino por costumbre programada—, en la geometría impecable de los jardines que parecen diseñados por una secta obsesiva del bonsái, y en los perros. Sobre todo en los perros. Porque aquí, más que mascotas, son accesorios emocionales con pedigree y peinado.

En San Pedro, mirar de frente es un acto íntimo o un error de cálculo. Él prefiere el rodeo: observar reflejos en vitrinas, sombras en los vidrios polarizados, la coreografía involuntaria de las parejas que pasean perros con nombres de perfumes franceses.

—Este se llama Dior —dice una mujer, con una voz que parece salida de un tutorial de meditación—. Pero solo responde en inglés.

El perro, un animal diminuto con moño, ignora la orden en ambos idiomas, ese gesto que anuncia ironía como quien saca una navaja sin abrirla del todo.

San Pedro es una vitrina donde la perfección se exhibe con la naturalidad de quien nunca ha tenido que ensayar la sonrisa. Las cafeterías sirven bebidas con nombres que requieren traducción simultánea y autoestima alta. Nadie pide café; todos consumen experiencias con espuma de leche de almendra y un toque de canela orgánica que llegó en avión, como si la canela local tuviera antecedentes penales.

En una mesa junto a la ventana, dos hombres discuten sobre inversiones con la intensidad de quienes nunca han perdido. Hablan de riesgos como quien habla de clima: una variable externa, controlable con la ropa adecuada. “El riesgo aquí es una metáfora elegante, no una posibilidad real”.

Afuera, un jardinero recorta el pasto con precisión quirúrgica. Cada hoja tiene su destino claro: crecer lo suficiente para demostrar vitalidad, pero no tanto como para incomodar la simetría. Es la estética del control. En San Pedro, incluso lo vivo obedece.

En una boutique donde el silencio es tan caro como la ropa. Una empleada lo saluda con sonrisa calibrada: ni demasiado cálida para no parecer necesitada, ni demasiado fría para no parecer despreciativa. Él toca una camisa cuyo precio equivale a varios meses de renta en cualquier otra parte de la ciudad. La tela es suave, sí, pero no lo suficiente como para justificar la narrativa que la rodea.

—Es algodón egipcio —dice la empleada, como si revelara un secreto ancestral.

—Yo soy de algodón regiomontano —responde, sin levantar la mirada.

La mujer no sabe si reír o llamar a seguridad. Decide reír, pero en volumen bajo, como si la risa también tuviera un precio por decibel.

En la acera, un grupo de adolescentes camina con la seguridad de quien nunca ha sido contradicho por la realidad. Sus conversaciones flotan entre marcas, viajes y una vaga sensación de aburrimiento existencial que solo puede darse cuando todo está resuelto menos el sentido. Uno de ellos arrastra a un perro grande, musculoso, con una mirada que parece más lúcida que la de su dueño.

—Se llama Zeus —dice el chico, sin que nadie le pregunte—. Tiene ansiedad.

El perro: respira rápido, mira a todos lados, tira de la correa como si quisiera escapar de una vida demasiado bien diseñada. “La ansiedad aquí también tiene pedigree”.

En una esquina, un indigente sostiene un cartel que pide ayuda. Es una anomalía en el sistema, un glitch en la narrativa del orden. La gente pasa a su lado con la habilidad de quien ha entrenado años para no ver. No es desprecio; es eficiencia emocional. En San Pedro, la compasión también se administra.

—Ramiro —responde el hombre, sorprendido de ser tratado como sujeto y no como paisaje.

Conversan unos minutos. Ramiro habla de un pasado que ya no tiene relevancia aquí, donde el presente se mide en metros cuadrados y la historia personal se resume en un portafolio. Escucha, anota mentalmente, guarda silencios. Sabe que esa conversación no cambiará nada, pero también sabe que ignorarla sería peor: sería convertirse en parte del decorado.

Al caer la tarde, San Pedro se ilumina con una luz que parece diseñada por un equipo de marketing. Los restaurantes se llenan de gente que no cena, sino que performa la cena. Cada plato es una declaración, cada brindis un acto de fe en la continuidad del privilegio.

Los alimentos  en porciones pequeñas y precios grande. Solo, como quien ocupa un espacio sin pedir permiso. El mesero le ofrece el menú con la solemnidad de un sacerdote.

—¿Alguna recomendación? —

—Todo es excelente —responde el mesero, que ha dicho esa frase tantas veces que ya no significa nada.

Lo más sencillo que encuentra, como un acto de resistencia mínima. Mientras espera, observa. Una pareja discute en voz baja, pero con la intensidad de quien sabe que el conflicto es el único elemento no curado de su vida. En otra mesa, un hombre revisa su teléfono con la urgencia de quien necesita confirmación constante de su existencia.

La comida llega. Es bonita. Demasiado bonita.Sabe bien, sí, pero no le cambia la vida. Anota: “El buen gusto aquí es una disciplina, no un placer”.

Al salir, la noche de San Pedro es limpia, casi aséptica. No hay sorpresas, no hay sobresaltos. Todo funciona. Todo está en su lugar. Y sin embargo, hay algo que falta. O sobra. No está seguro.

Camina por una avenida amplia, flanqueada por árboles que parecen haber firmado un contrato de comportamiento. A lo lejos, un perro ladra. No es un ladrido cualquiera; es un ladrido afinado, contenido, como si también hubiera pasado por un proceso de selección.

Piensa en la palabra “perrada”. No como insulto, sino como concepto. La perrada aquí no es suciedad ni caos; es otra cosa. Es la domesticación extrema de lo salvaje, la conversión de la vida en un objeto manejable, estético, presentable.

En San Pedro, la perrada no muerde. Sonríe.