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Gerardo Ledezma

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Ya cayó Rocha… y el sistema empieza a crujir

La narrativa oficial insiste en minimizar lo que ocurre, pero los hechos empiezan a imponerse con una contundencia incómoda. La caída de Rubén Rocha Moya no es un episodio aislado ni una anécdota política más: es el síntoma visible de algo mucho más profundo que durante años se negó, se encubrió o simplemente se ignoró.

Desde Washington, las señales han dejado de ser diplomáticas para convertirse en advertencias directas. El mensaje es claro: se terminó la tolerancia. Y aunque en México el discurso oficial se refugia en la soberanía —con posicionamientos firmes de la presidenta Claudia Sheinbaum— la presión externa ya está marcando el ritmo de una agenda que el propio gobierno mexicano no quiso, o no pudo, encarar con la misma determinación.

Aquí es donde el problema se vuelve más incómodo: no se trata de si Estados Unidos tiene razón o no en sus formas, sino de por qué tiene material para señalar. Porque cuando desde fuera se habla de “narcopolítica”, no surge del vacío. Surge de años de omisiones, de pactos tácitos, de estructuras que crecieron al amparo del poder.

El partido en el poder, Morena, enfrenta hoy una crisis de credibilidad que no se resuelve con discursos ni con descalificaciones a la oposición o a los medios. La llegada de Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia nacional intenta proyectar una depuración interna, pero el reto no es cosmético: es estructural. Y el tiempo juega en contra.

Porque la pregunta ya no es si habrá más casos, sino quiénes siguen.

Las versiones sobre investigaciones más amplias, testimonios y redes de complicidad colocan al sistema político mexicano en una zona de alto riesgo. Y no, esto no es una invitación a la intervención extranjera, como algunos intentan plantear para desviar el debate. Es, en realidad, una exigencia interna: la de millones de mexicanos que están hartos de la violencia cotidiana, del cobro de piso, de la impunidad que se volvió norma.

El ciudadano común no está pidiendo discursos de soberanía; está pidiendo seguridad, justicia y un gobierno limpio. Sin excusas, sin simulaciones.

El problema es que durante años se construyó una narrativa donde “no eran iguales”. Hoy, esa narrativa se desmorona frente a una realidad mucho más cruda: la corrupción y la colusión no desaparecieron, solo cambiaron de rostro.

Y mientras tanto, el país queda atrapado entre dos fuegos: la presión internacional que exige resultados y un gobierno que aún no termina de decidir si enfrentará el problema de raíz o seguirá administrando el daño.

Como ironía final —y también como reflejo de la volatilidad política—, aquella figura a la que el propio Rubén Rocha Moya descalificó públicamente en el pasado, Yeraldine Bonilla Valverde, hoy encabeza de manera interina el gobierno de un estado marcado por la violencia. Un giro que exhibe no solo contradicciones, sino la fragilidad de un sistema donde el poder cambia de manos, pero los problemas de fondo siguen intactos.

Esto apenas comienza. Y lo que viene no será cómodo para nadie.

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