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Gerardo Ledezma

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Entre narcoacusaciones, desconfianza y un Tri sin rumbo: el desgaste de un país que normaliza la crisis

La política mexicana vuelve a transitar por un terreno peligroso donde las acusaciones de vínculos con el crimen organizado han dejado de ser episodios aislados para convertirse en un factor recurrente que erosiona la credibilidad institucional. Lo ocurrido entre Ariadna Montiel nueva líder de Morena y la gobernadora María Eugenia Campos no es solo un choque político: refleja un entorno donde la soberanía, la legalidad y la seguridad se utilizan más como herramientas discursivas que como principios consistentes.

El señalamiento de “traición a la patria” por la presunta participación de agentes extranjeros en operativos contra el narcotráfico es, sin duda, delicado y merece una investigación a fondo. Sin embargo, el debate se vuelve contradictorio cuando, en paralelo, persisten acusaciones igual o más graves dentro del propio sistema. El caso de Rubén Rocha Moya ha colocado en la agenda pública una pregunta incómoda: ¿qué tan profundas son las posibles conexiones entre poder político y crimen organizado?

Las cifras reflejan un clima de desconfianza. Una parte importante de la ciudadanía considera creíbles los señalamientos y percibe insuficiente la respuesta del gobierno federal encabezado por Claudia Sheinbaum Pardo. Esto no solo impacta a figuras individuales, sino que también alcanza al partido en el poder, que enfrenta un desgaste en su narrativa de cambio.

Al mismo tiempo, casos como la licencia del vicefiscal Dámaso Castro Zaavedra de Sinaloa, investigado por presuntos vínculos con grupos criminales, refuerzan la percepción de que el problema no se limita a disputas políticas entre estados o niveles de gobierno, sino que apunta a debilidades estructurales en las instituciones.

Quizá el dato más revelador no es la acusación en sí, sino la reacción social: una ciudadanía dividida sobre dónde deberían juzgarse estos casos y una mayoría que anticipa nuevas revelaciones. Más que una crisis aislada, se perfila un patrón que pone a prueba la capacidad del Estado para investigar, sancionar y generar confianza.

En este contexto, el país también intenta proyectar estabilidad hacia el exterior con eventos de alto perfil como el Mundial de 2026. Incluso en ese terreno, aparecen señales de cuestionamiento. La convocatoria de la Selección Mexicana dirigida por Javier Aguirre ha generado debate, no tanto por los nombres en sí, sino por la percepción de continuidad en un proyecto que muchos consideran estancado. El regreso de Guillermo Ochoa, junto a jugadores consolidados como Edson Álvarez o Raúl Jiménez, ilustra esa tensión entre experiencia y renovación.

La comparación no es menor: tanto en la política como en el deporte, el desafío es el mismo —recuperar la confianza. No se trata solo de cambiar nombres, sino de demostrar resultados y coherencia.

México enfrenta un momento complejo, donde la exigencia ciudadana es cada vez más clara. La diferencia entre una crisis pasajera y un deterioro prolongado dependerá de la capacidad de las instituciones para responder con transparencia, legalidad y resultados. De lo contrario, el riesgo no es solo la crítica, sino la normalización de la desconfianza.