
Un norte eterno
Hay libros para ser laidos con la disciplina de quien abre un archivo histórico
Otros se degustan como si fueran el menú secreto de un club al cual uno nunca será invitado.
Los dueños del norte, de Roberta Garza, pertenece —para fortuna de los voyeurs sociales— a esa segunda categoría.
No porque sea ligero, sino porque su materia prima es el privilegio, ese perfume caro, incluso cuando pretende evaporarse, deja rastro en cada página.
El debido respeto a su filo— es caminata por las avenidas privadas del poder regio. Hay portones, se abren solos. Hay apellidos pesando más a las leyes, y hay una narrativa, sin pedir permiso, nos deja asomarnos a la sala climatizada donde se decide el destino de una ciudad presumida de industrial y meritocrática, aunque su árbol genealógico diga otra cosa. Hijos no reconocidos. Deudas. Homicidios. Desapariciones. Prebendas del centroamericano de origen, general Bernardo Reyes, en el fin del siglo 19 y principios del 20.
Garza no escribe con el resentimiento del excluido ni con la devoción del iniciado. Cartógrafa de esa zona difusa donde el dinero se convierte en tradición y la rutina en derecho divino.
Sus personajes —empresarios, herederos, ejecutivos con apellido compuesto y sonrisa de consejo administrativo— habitan un ecosistema tan cerrado que el oxígeno se recicla entre ellos mismos.
Mencionan la ciudad como si la conocieran más allá del parabrisas polarizado.
Los dueños del norte son también, en buena medida, los dueños de su propio relato. Se cuentan a sí mismos como héroes de una épica industrial, pioneros levantaron fábricas donde antes había polvo.
Algo de eso hay. Pero entre la épica y la hoja de balance se filtra una verdad menos fotogénica.
Las redes de poder no se heredan sólo en acciones, también en silencios, en complicidades, en esa manera tan elegante de llamar tradición. Otros llamarían ventaja estructural.
El traje azul marino nunca falla, el reloj suizo mide el tiempo de otros, el club de golf donde se negocia lo oculto en las actas. Hay una idealización casi involuntaria —o tal vez muy consciente— del whitemexican.
Ese personaje parece vivir en una versión mejor iluminada del país, donde los problemas llegan filtrados y con cita previa. No es una idealización ingenua; es bien un espejo deformante. Exagera los rasgos hasta volverlos evidentes.
Porque, al final, Garza documenta una forma de poder. Se percibe a sí misma como natural.
Esa mezcla de fascinación y distancia, como quien entra a una casa ajena y no puede evitar comentar la decoración.
Hay algo de amarillismo, sí, en la forma en que se resaltan los excesos, las anécdotas de pasillo, los nombres abren puertas. Sería contradictorio negarlo: el lector quiere eso. Quiere saber cómo viven. Quienes gozan de la abundancia.
Las universidades privadas funcionan como semilleros de élite, las fundaciones que reparten filantropía con la misma lógica se distribuyen los dividendos, las cenas donde la política es invitado incómodo pero inevitable. Todo está narrado con pulso, evita la denuncia frontal, tampoco cae en la complacencia. Es equilibrio difícil: señalar sin moralizar, mostrar sin absolver.
En ese sentido, Los dueños del norte funciona como una radiografía sin anestesia. No porque revele secretos inconfesables —mucho de lo narrado es, en el fondo, un secreto a voces— sino porque organiza la información de tal manera, resulta imposible no ver el patrón.
Las familias se repiten, los nombres se entrelazan, los proyectos se heredan. La ciudad crece, sí, pero el poder parece moverse en círculos concéntricos cada vez más estrechos.
¿ significa realmente ser dueño de un territorio? ¿Es una cuestión de capital, de influencia, de narrativa? En Monterrey —aunque nadie lo diga en voz alta durante el brindis— ser dueño implica una mezcla de todo eso. Implica poder decidir si construye, dónde y para quién. Implica, también, definir historias se cuentan sobre la ciudad y cuáles se quedan en la periferia, esperando una crónica sin final feliz.
La luz del norte, de la terquedad del desierto, de la voluntad de hierro convirtió a la región en motor económico. Uno entiende la tentación: es difícil no admirar cierta disciplina, cierta capacidad de organización, comparada con el caos de otras latitudes, parece virtud cívica.
Inmediatamente después, el texto regresa al filo: ¿Cuánto costó esa eficiencia? ¿Quiénes quedaron fuera de la foto oficial?
El sarcasmo reaparece cuando se describen los rituales de pertenencia. No basta con tener dinero; hay que saber usarlo correctamente.
Hay códigos, hay formas, hay una estética del éxito se aprende desde la cuna. El “whitemexican” no es sólo una categoría económica, es un estilo de vida cuidadosamente curado.
Todos en algún momento, hemos aspirado —aunque sea por un segundo— a ese mundo donde todo parece más fácil.
El amarillismo, por su parte, cumple su función: atraer, seducir, mantener al lector pasando páginas.
Hay nombres brillando, historias se cuentan con un guiño cómplice, escenas parecen sacadas de una serie de televisión sobre ricos poderosos. Pero debajo de esa capa hay una estructura sólida de investigación, un trabajo de archivo y entrevistas sostiene el edificio narrativo. No es puro espectáculo; es entretenimiento con fundamento.
La admiración —quizá inevitable— por un grupo. Ha sabido consolidar su poder a lo largo de generaciones. Por otro, la incomodidad de reconocer ese mismo poder limita, condiciona, define el margen de maniobra de quienes están fuera de su círculo.
Garza no ofrece soluciones, ni el lector las exige. Ambos se conforman —y no es poco— con poner el tema sobre la mesa.
Los dueños de la temperatura del debate público. Deciden cuándo hace calor y cuándo conviene enfriar la conversación. La ciudad sigue creciendo, multiplicando sus contrastes, ampliando la distancia entre quienes habitan el centro del poder y quienes apenas lo rozan.
Leer Los dueños del norte en última instancia, un ejercicio de honestidad incómoda. Nos obliga a mirar de frente una realidad. Muchas veces preferimos narrar en clave de éxito colectivo. Nos recuerda, detrás de cada historia de prosperidad, hay estructuras sosteniendo y la reproducen.
Ahi radica su mayor mérito: no en denunciar ni en glorificar, sino en mostrar. A veces, para entender un lugar, basta con observar quiénes dicen ser sus dueños y quiénes, en silencio, pagan la renta de esa ilusión.




