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Gerson Gómez

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El dragón recibió al vaquero

En otro siglo, los emperadores chinos recibían a los bárbaros occidentales con ceremonias interminables, té servido en porcelana delicada y sonrisas tan filosas como una guillotina.

Ahora el protocolo cambió un poco: las cámaras de alta definición sustituyeron a los eunucos, los guardaespaldas usan relojes inteligentes y el emperador ya no se llama hijo del cielo, sino Xi Jinping.

La escena sigue siendo idéntica. El poder real permanece sentado en Pekín mientras el visitante llega jadeando desde el otro lado del Pacífico.

Así aterrizó Donald Trump, naranja imperial, copete de algodón industrial, sonrisa de vendedor de tiempos compartidos en Cancún, convencido de todavía gobierna el centro del universo. Bajó del avión como quien llega a cobrar la renta atrasada del planeta.

Lo esperaba la burocracia china, esa maquinaria perfecta donde hasta los árboles parecen entrenados por el Partido Comunista.

La televisión norteamericana habló de diplomacia histórica. La prensa china habló de cooperación estratégica. Los periódicos latinoamericanos, siempre listos para la telenovela internacional, describieron el encuentro como si fuera pelea de campeonato mundial: capitalismo contra comunismo, Coca-Cola contra arroz frito, Wall Street contra Mao Zedong reencarnado en tecnócrata.

Bastaba mirar el escenario para entender la ironía más grande del siglo XXI: el magnate multimillonario de Manhattan viajando a pedir acuerdos al dirigente comunista, quien administra la fábrica universal del capitalismo.

El neoliberalismo terminó convertido en un perro cansado.

Durante cuarenta años le vendieron al planeta la misma mercancía ideológica: privatiza todo, destruye sindicatos, abarata salarios, adelgaza al Estado, deja al mercado resolver hasta el hambre. Ronald Reagan sonreía como pastor evangélico; Margaret Thatcher hablaba del mercado con el fervor de una santa medieval; los economistas de Harvard explicaban el paraíso llegaría en forma de centros comerciales y tarjetas de crédito.

Llegó el paraíso. Pero para unos cuantos.

Detroit se oxidó como tostador viejo. Los obreros del cinturón industrial norteamericano terminaron vendiendo hamburguesas, manejando Uber o consumiendo fentanilo en moteles húmedos.

Las fábricas emigraron rumbo a Asia como aves migratorias buscando salarios miserables. El capitalismo estadounidense comenzó a devorarse a sí mismo, igual esos cocodrilos terminan masticando su propia cola en documentales baratos de cable.

Entonces apareció Trump, vendedor de resentimientos premium.

Prometió traer de vuelta la gloria industrial. “America First”, gritaba como predicador de estadio. Los trabajadores blancos del Medio Oeste lo escuchaban con lágrimas patrióticas en los ojos mientras Walmart seguía vendiendo productos fabricados en Shenzhen. La tragedia tenía un detalle delicioso: el capitalismo norteamericano dependía completamente de China para sobrevivir.

La supuesta tierra de la libertad necesitaba al Partido Comunista para surtir televisores, teléfonos, microchips, tenis y hasta banderas estadounidenses hechas con manos asiáticas.

Hermoso espectáculo para los amantes del cinismo.

Ahí estaba Trump, enemigo oficial del comunismo, sentado frente a Xi Jinping, líder de un país entendido mejor el capitalismo a los propios estadounidenses. China tomó el libre mercado, lo metió en una licuadora ideológica y lo convirtió en monstruo híbrido: comunismo con centros comerciales gigantes, vigilancia digital, trenes bala y multimillonarios obedientes al Estado.

Los gringos inventaron el capitalismo salvaje. Los chinos inventaron el capitalismo disciplinado. Ganaron.

Mientras Estados Unidos discute pronombres en universidades carísimas y financia guerras eternas en rincones imposibles del planeta, China construye puertos, presas, ferrocarriles y ciudades enteras en tiempo récord. El viejo sueño neoliberal decía el Estado debía desaparecer. Pekín respondió con una carcajada burocrática: fortaleció el Estado hasta convertirlo en una computadora gigante capaz de mover millones de personas como fichas de ajedrez.

Occidente se burlaba del comunismo mientras compraba mercancía china en Amazon.

En Monterrey dirían: les vendieron la cuerda y todavía dieron las gracias.

Trump recorrió Pekín rodeado de protocolos dorados. Los funcionarios chinos sonreían con la serenidad de los jugadores de póker. Conocen las cartas del rival. Xi Jinping observaba con la calma de un emperador, sabe algo fundamental: el siglo XXI huele menos a hamburguesa y más a sopa wonton.

Las cámaras captaron apretones de manos, banderas ondeando, discursos diplomáticos. Pero debajo de la alfombra ceremonial se escondía una verdad brutal: Estados Unidos llegó a negociar desde la debilidad.

No militar. Económica. Moral. Industrial.

El neoliberalismo destruyó incluso la idea de comunidad. Convirtió ciudadanos en clientes y trabajadores en números reemplazables. Vendieron el sueño americano como paquete vacacional, pero millones despertaron endeudados, obesos y medicados. Las grandes corporaciones ganaron cantidades obscenas de dinero mientras las calles de ciudades como San Francisco o Filadelfia parecen escenarios posteriores al apocalipsis zombie.

China observó el desastre como estudiante brillante copiando únicamente lo útil del examen.

No adoptó la democracia liberal. No permitió elecciones caóticas. No entregó el control absoluto a empresarios.

Hizo algo mucho más perverso: dejó que el capitalismo produjera riqueza, pero mantuvo el puño político intacto. El Partido Comunista chino funciona como casino administrado por monjes Shaolin. Puedes apostar, hacer fortuna, construir imperios tecnológicos… siempre y cuando no olvides quién controla las luces del edificio.

Trump seguramente quiso parecer duro. Hablaría de aranceles, comercio justo y patriotismo económico. Pero cada amenaza sonaba hueca. Estados Unidos necesita a China tanto como un adicto necesita cafeína. La relación ya no es ideológica: es fisiológica.

Uno produce. El otro consume. Uno ahorra. El otro imprime deuda. Uno planifica décadas. El otro vive atrapado entre elecciones y escándalos de redes sociales.

Los presidentes sonríen frente a los fotógrafos, el planeta entero contempla la mutación más grotesca de la historia contemporánea: el comunismo salvando al capitalismo de su propia estupidez.

Karl Marx probablemente estaría confundido. Adam Smith también.

En las calles de Pekín los autos eléctricos silenciosos avanzan como insectos futuristas. En algunas zonas de Estados Unidos todavía hay puentes derrumbándose. El país presumido de modernidad absoluta ahora mira con envidia los trenes chinos cruzan continentes a velocidades absurdas.

La ironía produce carcajadas. El libre mercado triunfó, bajo supervisión comunista.

El neoliberalismo prometió libertad y terminó fabricando desigualdad pornográfica. China prometió control colectivo y terminó construyendo una máquina económica capaz de humillar al viejo imperio occidental en su propio juego.

Trump regresará a Washington diciendo que obtuvo victorias históricas. Xi Jinping continuará administrando silenciosamente la nueva fábrica del mundo. Los noticieros venderán la reunión como éxito diplomático. Los analistas hablarán de geopolítica multipolar para sentirse inteligentes en televisión.

Pero el obrero desempleado de Ohio y el trabajador agotado de Guangdong entienden algo mucho más simple.

El mundo cambió de dueño. Ocurrió sin disparar una sola bala.