
Desde el Tercer Milenio
El carnal de la central y los milagros del scoreboard.
Sábado de gloria pagana. Hierve bajo un vapor espeso, caldo de cultivo ideal para la neurosis colectiva. Las manecillas avanzan sin piedad hacia el colapso de la cordura. En la pantalla de una cantina grasienta del centro, la realidad decide fracturarse. Inglaterra le mete cuatro pepinos a Francia. El orgullo galo arrastrado por el fango de la derrota prematura. Pero el balompié, como la noche norestense, carece de lógica elemental.
Francia revive de entre los muertos, saca las garras, desata una tormenta de goles inverosímiles. El marcador final humilla la razón: seis a cuatro. Un juego de volteretas violentas, un vaivén de dopamina pura. La clientela grita, avienta espuma de cerveza barata, festeja un milagro ajeno con la desesperación del desesperanzado.
El polígono del pecado exprés.
Afuera, el mundo real es todavía más bizarro. La zona de la central de autobuses late con un ritmo cardíaco acelerado, efervescente, Sodoma y Gomorra periférico donde el pudor fue abolido por decreto municipal no oficial. Una señora de avanzada edad llega a talonear el área. Sus pasos denotan la fatiga de mil batallas, la necesidad no conoce jubilación.
En este polígono de tolerancia absoluta, volvieron las sexoservidoras, deambulan sobre el pavimento caliente luciendo prendas mínimas: tangas fosforescentes, sostenes de encaje desgastado. Las puertas de las cuarterías permanecen abiertas de par en par, invitando al transeúnte solitario a una redención exprés. La mercancía exhibida a la mano, sin intermediarios, lista para el consumo inmediato. Uo Uo. Un coro invisible musicaliza la escena: autos con el mofle roto, sexo de cinco minutos por unos cuantos billetes mugrientos, puro rock and roll de cantina de mala muerte. El olor a fluido corporal se mezcla con el humo del diésel de los camiones foráneos. Una postal perfecta de la modernidad tardía.
Escatología electoral en el norponiente.
Moviéndose hacia la zona norponiente, el paisaje urbano cambia de registro, pero mantiene la misma dosis de surrealismo. Las paredes de bloc gris muestran los primeros síntomas de la fiebre electoral permanente. Un posible aspirante a la ubre presupuestal utiliza el estarcido para rayar bardas con urgencia de grafitero advenedizo. El sujeto se hace llamar con orgullo “El Diputado del Dos”. Vaya muestra de escatología involuntaria en plena vía pública. La genialidad del márketing político regional alcanza niveles insospechados. Uno camina contemplando la pinta, pensando inevitablemente en la existencia lógica de un “Diputado del Uno”. Quizás el primero atienda los asuntos del vientre flojo, mientras el segundo administre las aguas menores del distrito. La democracia es hermosa por estas finuras conceptuales.
La caza del grano de malta y la nueva academia. La armada con cerveza por las cuatro esquinas de la metrópoli. El líquido ambarino fluye combustible indispensable para aguantar la existencia. Sin embargo, el Estado tiene otros planes para los bolsillos ciudadanos. Operativos antialcohólicas brotan en toda la mancha urbana como hongos venenosos tras la lluvia. Retenes con luces estroboscópicas azules, rojas, encandilando al infeliz conductor. Nadie se salva de la requisa generalizada. Terminó la bonanza de la libre circulación; ahora viene el pago forzoso, la multa recaudatoria, la grúa rapaz. Es la guerra eterna: la chaviza fiestera contra la momisa burocrática, represora, hambrienta de efectivo.
En medio de este caos punitivo, la fauna local busca alternativas de supervivencia laboral. Una chica del rumbo anuncia orgullosa sus servicios de terapia holística, alineación de chakras con cuarzos importados de dudosa procedencia. Ella insiste en llamar a eso una carrera profesional. Visto fríamente, posee total sentido en el mercado actual. Debe ser, sin duda, la continuación natural a la oferta educativa saturada: primero fue Chef, luego Comunicación, Artes Visuales, Música, Artes Escénicas, Ciencias Políticas. Carreras ideales para administrar la desocupación ilustrada. Ahora, el misticismo de bajo costo corona la pirámide del desempleo con título universitario.
El acordeón de los muertos vivientes.
Cita programada. El cuerpo arrastra los pies por el pavimento. Poco importa si el domingo se descansa formalmente en el calendario laboral. Las desveladas pesan toneladas una vez cruzada la frontera de los treintas. El metabolismo ya no procesa los excesos con la alegría de los veinte años; cada trago cobra factura con intereses leoninos a la mañana siguiente.
La banda sonora ambiental de la ciudad ofrece un muro de sonido inconfundible. Un eco espeso compuesto por el sonido del acordeón norteño más rancio, herencia directa de Ramón Ayala, la cumbia psicodélica de Celso Piña, el ritmo chuntaro de Bronco, las baladas tejanas de La Mafia. Toda esta tradición mezclada sin pudor con los nuevos himnos del Apocalipsis: corridos alterados, temas bélicos narrando hazañas de personajes con chaleco táctico, camionetas blindadas. La música ideal para acompañar el fin del mundo desde una banqueta con una hielera de unicel vacía.
Estimado ciudadano, si usted logró sobrevivir a la antialcohólica, evitó el contagio de una afección venérea en los alrededores de la central de autobuses, esquivó la mirada perturbadora del Diputado del Dos, todavía mantiene su cartera intacta tras consultar a la terapeuta holística, felicidades. Usted ha sido seleccionado para continuar viviendo en este hermoso parque temático de la miseria humana llamado Tercer Milenio. Favor de depositar su moneda de cinco pesos en la ranura correspondiente para otra vuelta en la rueda de la fortuna de la descomposición social. Dios salve a la reina, a Francia, al acordeón norteño. Amén.





