
Entre la verdad tardía, las mentiras de siempre y los fantasmas que nunca se fueron
Terminó la Copa Mundial de la FIFA 2026. Se apagaron las pantallas gigantes, concluyeron los conciertos, los estadios quedaron vacíos y las calles volvieron a la realidad. Ahora sí, es tiempo de que los gobiernos regresen a lo verdaderamente importante: gobernar.
Porque mientras millones celebraban goles y espectáculos, el país siguió acumulando problemas que no desaparecieron con el silbatazo final.
La primera escena ocurrió en Washington… o quizá en el palco de la final del Mundial. Nunca sabremos con precisión qué hablaron Donald Trump y Claudia Sheinbaum durante el encuentro que sostuvieron aprovechando la final. Lo que sí sabemos es que, apenas unas horas después, la Presidenta reconoció públicamente algo que durante el sexenio anterior prácticamente se negó una y otra vez: en México operan alrededor de 250 agentes de agencias estadounidenses.
La declaración no es menor.
Durante años se construyó un discurso donde cualquier cooperación con agencias norteamericanas era presentada como una intromisión inaceptable. Andrés Manuel López Obrador limitó su actuación, reformó la Ley de Seguridad Nacional para restringir su operación y convirtió el tema en una bandera política de soberanía.
Hoy, la realidad terminó imponiéndose al discurso.
Sheinbaum reconoce que existen agentes estadounidenses, que trabajan en México y que lo hacen bajo autorización del Estado mexicano. No significa entregar la soberanía; significa aceptar una realidad que siempre existió. La diferencia es que ahora el Gobierno decidió decirlo.
La pregunta inevitable es otra: ¿qué cambió? ¿La política de seguridad o simplemente la sinceridad del discurso?
Quizá la conversación con Trump dejó claro que entre socios comerciales no caben los discursos para consumo interno cuando existen problemas binacionales como el narcotráfico, el tráfico de armas, la migración y el fentanilo.
Porque Estados Unidos no dejará de presionar. Nunca lo ha hecho.
Y México tampoco puede seguir fingiendo que ciertos temas simplemente no existen.
En Baja California la política volvió a demostrar que algunos gobernantes parecen vivir atrapados en una contradicción permanente.
La gobernadora Marina del Pilar Ávila difundió un mensaje para explicar los audios que circulan en redes sociales relacionados con la cancelación de su visa estadounidense.
Primero negó reuniones.
Después aceptó contactos.
Luego explicó llamadas.
Más tarde habló de gestores.
Finalmente aseguró haber sido engañada.
El problema no es únicamente el contenido de los audios.
El problema es que cada nueva explicación parece modificar la anterior.
Cuando un servidor público necesita varios comunicados para explicar un mismo hecho, normalmente deja más preguntas que respuestas.
La confianza pública no se construye con versiones sucesivas.
Se construye diciendo toda la verdad desde el primer momento.
Mientras tanto, en Nueva York terminó una historia que parecía interminable.
Ismael “El Mayo” Zambada recibió cadena perpetua.
Durante casi medio siglo fue considerado el narcotraficante más poderoso de México.
Vio caer gobiernos.
Vio pasar presidentes.
Sobrevivió a capos.
Sobrevivió a generales.
Sobrevivió a procuradores.
Sobrevivió incluso a “El Chapo” como líder operativo del Cártel de Sinaloa.
Durante décadas fue el hombre invisible.
El que nunca aparecía.
El que nunca era detenido.
El que parecía intocable.
Su condena no borra el daño causado.
Tampoco devuelve las miles de vidas perdidas por la violencia, las adicciones o la corrupción que alimentó el narcotráfico.
Pero deja una lección inevitable.
Nadie permanece para siempre.
Ni siquiera quienes durante décadas parecían protegidos por redes de complicidad que muchos sospechaban, pero pocos se atrevían a señalar.
Hoy termina el juicio de un hombre.
No necesariamente termina la historia de la organización criminal que ayudó a construir.
Y mientras el país debate soberanía, narcotráfico y política, Nuevo León vuelve a mirar hacia uno de los lugares que nunca debió regresar a los titulares.
El Motel Nueva Castilla.
Otra vez.
Otra investigación.
Otro cuerpo.
Otra escena acordonada.
Otra familia que probablemente espera respuestas.
Han pasado más de cuatro años desde el caso Debanhi Escobar.
Ese lugar debería haber representado un antes y un después para las autoridades.
Sin embargo, el abandono convirtió nuevamente al inmueble en escenario de un hecho que hoy vuelve a estremecer al estado.
La pregunta ya no es únicamente quién era la persona encontrada.
También habría que preguntarnos cómo un sitio con semejante carga histórica permaneció durante tanto tiempo convertido en un espacio sin vigilancia efectiva, abierto al vandalismo, a exploradores urbanos y, eventualmente, a que ocurriera una nueva tragedia.




