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Gerardo Ledezma

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Entre narcopolíticos, fortunas perdidas y gatos negros… ¿quién carga realmente con la mala suerte?

Hay frases que dicen más por lo que reconocen que por lo que intentan negar. Cuando el coordinador de Morena en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, pide públicamente que su partido evite postular candidatos con vínculos con la delincuencia organizada, el mensaje resulta inevitable: el problema existe. De lo contrario, ¿para qué hacer el llamado?

Durante años, la narrativa oficial ha insistido en que todo forma parte de una campaña de la oposición, que el calificativo de “narcopartido” responde únicamente a una estrategia política. Sin embargo, conforme transcurren los días, las semanas y los meses, siguen apareciendo nombres de alcaldes, funcionarios, candidatos y personajes ligados a Morena que terminan siendo investigados, detenidos o señalados por presuntos nexos con grupos criminales. No son los adversarios quienes colocan esos nombres en las carpetas de investigación; son las propias autoridades y los hechos los que terminan hablando.

Y mientras desde Palacio Nacional se insiste en minimizar el problema, la realidad continúa alcanzando al discurso. La confianza no se recupera negando las evidencias, sino impidiendo que personajes con antecedentes dudosos lleguen a ocupar cargos públicos. Si el propio líder parlamentario de Morena reconoce que es necesario cerrar el paso a perfiles vinculados con el crimen organizado, quizá el problema ya no sea únicamente de percepción, sino de credibilidad.

En paralelo, la historia de Ismael “El Mayo” Zambada sigue escribiendo capítulos que hace apenas unos años parecían impensables. Después de recibir cadena perpetua, ahora la discusión gira en torno a cuál será la prisión que mejor atienda sus problemas de salud. El juez Brian Cogan recomendó que las autoridades penitenciarias valoren enviarlo a un centro con atención médica especializada, mientras la defensa busca que no termine en una prisión de máxima seguridad como la que alberga a Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Resulta paradójico. El hombre que durante cuatro décadas construyó uno de los imperios criminales más poderosos del continente podría terminar sus días en una cárcel con mejores condiciones médicas que muchos hospitales públicos de América Latina. Así funciona el Estado de derecho: una condena ejemplar no elimina los derechos básicos del sentenciado. Pero la ironía es inevitable.

Más llamativo aún es el enorme vacío que rodea los aproximadamente 15 mil millones de dólares que Estados Unidos pretende decomisar como producto de las operaciones del capo sinaloense. México ha manifestado su interés en conocer el destino de esos recursos, pero la realidad es que nuestro país ni siquiera sabe con precisión dónde está ese dinero. ¿Está en cuentas bancarias? ¿En empresas fachada? ¿En inversiones internacionales? ¿En propiedades? ¿O, como dicta el imaginario del narcotráfico, enterrado en algún punto de la sierra? Las respuestas siguen siendo un misterio.

Quizá la verdadera riqueza de esa investigación no esté solamente en el dinero. Si algún día se reconstruye por completo la red financiera de “El Mayo”, también aparecerán los nombres de quienes durante cuarenta años hicieron posible que ese imperio creciera. Porque ningún capo construye semejante estructura criminal en solitario. Siempre existen complicidades, silencios y protección institucional que explican cómo un hombre puede convertirse en uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo sin ser detenido durante décadas.

Y para cerrar esta semana cargada de política, narcotráfico y rendición de cuentas, la Universidad Nacional Autónoma de México vino a romper otra vieja creencia. Los gatos negros, dice la ciencia, no traen mala suerte. Todo lo contrario: su color es producto de la genética, poseen ventajas biológicas e incluso una mayor protección natural frente a ciertas enfermedades.

Quizá el problema nunca fueron los gatos negros.

Tal vez la mala suerte de México no camina sobre cuatro patas ni cruza las calles por las noches. La verdadera mala suerte aparece cuando la política se mezcla con el crimen, cuando el dinero ilícito permanece oculto durante décadas y cuando la verdad tarda demasiado en salir a la luz.

Porque al final, los gatos negros son inocentes. Las decisiones humanas, esas sí, son las que terminan marcando el destino de un país.

Por cierto, aquí está interesante investigación de la UNAM : https://unamglobal.unam.mx/global_revista/gatos-negros-mitos-genetica-unam/