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Gerardo Ledezma

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“Me-Hee-Ho”: Trump se ríe de México; la 4T esconde la verdad…y de nuevo la Tía Paty

Otra vez Donald Trump encontró la manera de colocar a México en el centro de su discurso. Y otra vez lo hizo con esa mezcla de ironía, espectáculo y cálculo político que tan buenos resultados le ha dado frente a su electorado.

Durante un evento en Michigan, el presidente de Estados Unidos recordó una conversación con la presidenta Claudia Sheinbaum, de quien dijo que “es muy agradable y habla hermosamente”. Acto seguido explicó que ella pronuncia el nombre de nuestro país como “México” y comenzó a repetirlo como “Me-Hee-Ho”. Después soltó la frase que rápidamente dio la vuelta al mundo: “Le dije a un grupo el otro día: vamos a detener todo el negocio de ir a ‘Me-Hee-Ho’. Y ellos no sabían de qué diablos estaba hablando”.

Habrá quien diga que fue una simple broma. Otros lo verán como una burla. Pero quedarse únicamente con la pronunciación sería perder de vista el verdadero mensaje.

Trump hablaba de frenar inversiones en México, de regresar fábricas a Estados Unidos y de convencer a las empresas de abandonar territorio mexicano para producir del otro lado de la frontera. Es decir, México volvió a ser el ejemplo perfecto del país al que hay que vencer para fortalecer la economía estadounidense.

Y hay que decirlo como es.

México volvió a convertirse en el saco de boxeo favorito de Donald Trump. Cada vez que necesita encender el nacionalismo estadounidense, ahí aparece nuestro país como el villano de su discurso. Mientras aquí se presume una relación diplomática cordial y llamadas telefónicas “muy buenas”, allá el discurso sigue siendo exactamente el mismo: México sirve para ganar aplausos, votos y titulares.

Lo preocupante es que ya parece una costumbre. Nos tomó la medida. Nos utiliza cuando le conviene políticamente y, hasta ahora, nadie parece dispuesto a responder con la misma firmeza con la que él construye su narrativa.

Pero si del otro lado de la frontera abundan las burlas, de este lado seguimos perfeccionando otra especialidad: la opacidad.

Resulta que días antes de abandonar la Dirección General de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla dejó bajo llave los resultados de auditorías internas realizadas a la empresa productiva del Estado. Tres años permanecerán reservados esos documentos que, casualmente, contienen los hallazgos sobre procesos internos, empresas filiales y controles administrativos.

La explicación oficial habla de proteger secretos comerciales, información estratégica y ventajas competitivas.

Suena impecable.

Pero la pregunta no es por qué reservaron los expedientes.

La verdadera pregunta es ¿ qué encontró este golpeador de mujeres para decidir esconder expedientes durante tres años?

Porque cuando un gobierno presume transparencia, pero entrega documentos cubiertos completamente de negro, la desconfianza deja de ser una percepción y se convierte en una consecuencia lógica.

No estamos afirmando que exista un fraude ni una irregularidad comprobada. Lo que resulta imposible ignorar es el patrón. En la Cuarta Transformación se prometió que nunca más habría gobiernos de expedientes secretos, de información escondida y de decisiones tomadas en lo oscurito. Sin embargo, una vez más aparecen archivos cerrados, páginas tachadas y ciudadanos obligados a creer por acto de fe.

La transparencia no consiste en repetir la palabra todos los días desde un atril. La transparencia se demuestra permitiendo que los mexicanos conozcan cómo se administra el patrimonio que les pertenece.

Y mientras unos expedientes se cierran, otros podrían comenzar a abrirse.

¿Recuerdan a la famosa “Tía Paty”?

El caso que durante meses estuvo rodeado de versiones, señalamientos, presuntas extorsiones y múltiples interrogantes vuelve a colocarse en el centro de la conversación pública. Ahora, uno de los principales imputados busca obtener un criterio de oportunidad para colaborar con la Fiscalía.

Traducido al lenguaje cotidiano: quiere hablar.

Y quizá, por primera vez, alguien cercano a esa presunta red tenga incentivos para contar cómo operaba, quiénes participaban, quiénes la protegían y hasta dónde llegaban sus tentáculos.

Porque alrededor de este caso siguen existiendo demasiadas contradicciones, demasiadas piezas que no encajan y demasiadas preguntas sin respuesta. ¿Cómo logró crecer esa estructura? ¿Quién permitió que operara? ¿Quiénes se beneficiaron? ¿Quiénes prefirieron mirar hacia otro lado?

La sociedad merece respuestas completas, no historias incompletas.

Al final, los tres temas parecen distintos, pero hablan del mismo problema.

Desde Washington utilizan a México como instrumento político.

Desde el gobierno mexicano vuelven a esconder expedientes que deberían estar sujetos al escrutinio ciudadano.

Y en Nuevo León todavía esperamos que alguien tenga el valor de contar toda la historia detrás de una red que aún deja más dudas que certezas.