
Cuando el villano cambia y el negocio nunca termina
En política hay dos cosas que nunca faltan: un villano y una buena explicación para justificar lo que ocurre. Cuando uno deja de servir, simplemente se cambia por otro. Así de sencillo.
Durante años, Felipe Calderón fue el responsable de prácticamente todo. Si había violencia, era Calderón. Si aparecía un problema de seguridad, también. Si un bache amanecía en la esquina, faltaba poco para que alguien dijera que era culpa del sexenio panista. El expresidente se convirtió en una especie de personaje omnipresente, el “villano oficial” del discurso político mexicano.
Pero los tiempos cambian. Y las narrativas también.
Ahora resulta que el huachicol fiscal ya encontró un nuevo responsable. El reflector dejó de apuntar hacia Calderón y giró varios años en el calendario para estacionarse en Enrique Peña Nieto y su reforma energética de 2013. Morena ya encontró un nuevo antagonista para explicar un esquema de contrabando de combustibles que, curiosamente, habría seguido operando durante administraciones posteriores.
No deja de llamar la atención la velocidad con la que cambian los culpables. Pareciera que el discurso político funciona como las series de televisión: cuando un personaje deja de generar audiencia, aparece uno nuevo para mantener viva la trama.
Lo verdaderamente importante, sin embargo, sigue sin responderse. Si el huachicol fiscal mueve miles de millones de pesos y operó durante tantos años, la pregunta no es únicamente quién abrió la puerta hace más de una década. También habría que saber quién dejó la puerta abierta después, quién miró hacia otro lado y quiénes hicieron negocio mientras el combustible seguía entrando al país. Así es que la 4t, sigue en su simulación y sin encontrar o dar con los “culpables” quiénes han salido a relucir en los últimos y nuevos años. O no.
Porque si la justicia solo viaja al pasado y nunca alcanza el presente, entonces deja de ser justicia para convertirse en estrategia política.
Y hablando de estrategias…
La libertad de expresión vuelve a entrar al centro del debate. El Gobierno asegura que los nuevos lineamientos para radio y televisión únicamente buscan proteger los derechos de las audiencias. En el papel, nadie podría estar en desacuerdo con que exista información veraz, derecho de réplica o códigos de ética.
El problema comienza cuando la regulación deja de ser garantía y empieza a parecer vigilancia.
Porque en México existe una memoria incómoda: cada vez que algún gobierno promete que no pretende controlar los contenidos, inevitablemente surge la duda de quién decidirá qué es “información correcta”, cuándo una opinión deja de ser opinión y qué tan amplia puede ser la interpretación de una autoridad reguladora.
La Presidenta aclaró que la prensa escrita y las plataformas digitales todavía no están incluidas… por ahora.
Ese “por ahora” pesa más que cualquier conferencia de prensa.
La historia demuestra que los controles rara vez disminuyen; normalmente crecen. Siempre empiezan con buenas intenciones, con palabras como protección, equilibrio, responsabilidad o derechos. Después llegan los reglamentos, las interpretaciones, las sanciones y, finalmente, la autocensura.
La consulta pública es positiva y necesaria. Ojalá también lo sea la disposición para escuchar a quienes advierten que una democracia fuerte no necesita medios obedientes; necesita medios libres, incluso cuando incomodan al poder.
Y mientras en México se discute quién controla la información, del otro lado del mundo Gianni Infantino vuelve a demostrar que el futbol moderno ya dejó de jugarse solamente sobre el césped.
El presidente de la FIFA descubrió hace tiempo que un balón genera emociones, pero los derechos comerciales generan fortunas.
Ahora el organismo pretende vender hasta el 21 por ciento de la empresa que administrará el negocio comercial del Mundial. Traducido al español: el torneo más importante del planeta ya no solo se disputará en los estadios; también tendrá accionistas.
Claro, oficialmente nadie habla de privatización. La FIFA insiste en que conservará el control. Y probablemente sea cierto.
Pero cuando un activo valuado en 20 mil millones de dólares sale a buscar inversionistas, queda claro que el futbol dejó de ser únicamente deporte para convertirse en un sofisticado instrumento financiero.
Infantino dice que el dinero servirá para apoyar a las federaciones pequeñas. Suena bien. El problema es que también sonaba bien aquello de que el Mundial de Clubes sería solo para impulsar el crecimiento global del futbol… hasta que aparecieron los contratos multimillonarios.
Parece que al dirigente de la FIFA ya le encontró gusto a los grandes negocios. Primero expandió los torneos, después multiplicó los patrocinios y ahora convierte los derechos comerciales del Mundial en un producto atractivo para fondos de inversión.
Quizá el siguiente paso sea que, además del VAR, las decisiones importantes también las revisen los mercados financieros.
Al final, los tres temas cuentan la misma historia.
En uno cambia el villano, pero no necesariamente las respuestas.
En otro se promete proteger derechos mientras muchos temen perder libertades.
Y en el tercero, el deporte más popular del planeta confirma que el verdadero campeonato se juega en la bolsa de valores.
Porque en estos tiempos, parece que todo tiene precio… incluso el relato, el poder y el futbol.




